Josué y Débora: Una Historia de Dos Héroes

por: Kathy DeGagne, Escritora de Puentes para la Paz

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Victoria de Josué sobre los amalecitas.

Es muy difícil encontrar verdaderos héroes hoy día. A menudo tendemos a elevar a las figuras deportivas, personalidades en los medios de comunicación o estrellas de Hollywood al estatus de héroe simplemente porque son hermosas, famosas o particularmente talentosas en algo. El diccionario define a un héroe como una persona admirada por sus logros y cualidades nobles, o alguien que demuestra gran valentía. Si expandimos las “cualidades nobles” para incluir la humildad, entrega, compasión y sabiduría divina, ¿cómo medirían nuestros héroes?

En su libro “Mujeres en las Líneas del Frente” [Women on the Front Lines], Michal Ann Goll lanzó un desafío a la Iglesia: “… el Señor nos está llamando a ser héroes. Él nos está preparando para un tiempo cuando el mundo procurará a líderes que estén conectados con el corazón y la mente de Dios.”

Josué y Débora

En la época de Josué y los jueces bíblicos, la gente clamaba por héroes. Durante los eventos descritos en los libros de Josué y Jueces, Dios revelaba Su poder a los israelitas (y a los pueblos circundantes) mientras los establecía en la tierra de Canaán y hacía grandes señales y milagros. Era un tiempo propicio para que los héroes con el corazón y la mente de Dios se levantasen y trabajasen junto a Él.

Josué y Débora eran profetas, guerreros y héroes a quienes los antiguos Hijos de Israel procuraban en busca de orientación y liderazgo. Josué vivió durante el tiempo de la conquista de Canaán, y Débora vivió durante el tiempo de los jueces, con casi 200 años de separación. Dios comisionó a Josué para que tomase la tierra de Canaán (Jos. 1:3). Una de sus conquistas incluye la ciudad-estado cananea de Hazor bajo el reinado de Jabín. Doscientos años después, Dios también comisionó a Débora para subir contra un posterior Jabín, rey de Hazor (Jue. 4:2-7). Aparentemente, Jabín era un nombre dinástico o un título, como Faraón o Abimelec.

Echemos un vistazo al heroísmo de Josué y Débora a través del lente de Hazor, la ciudad capital de Jabín.

La Ciudad de Hazor

La antigua ciudad de Hazor estaba situada a unas 10 millas (16 km) al norte del mar de Galilea, bordeando el valle de Hula. Fue la ciudad más importante en el Levante Mediterráneo entre los siglos 19 y 13 a.C. Estaba situada sobre una antigua ruta comercial que unía a Egipto con Mesopotamia, y llegó a ser muy poderosa y rica. Era como 10 veces más grande que la mayoría de las ciudades en su tiempo, e incluía una acrópolis y una ciudad en la periferia de sobre 200 acres (80 ha.). Hazor significa “encerrada” o “fortificada,” y aun hoy día la altura que posee el monte arqueológico o “tel” (130 pies ó 40 m.) refleja lo difícil que era el conquistarla.

Las ruinas de Hazor se descubrieron por primera vez en 1928, y se realizaron excavaciones arqueológicas continuas allí hasta la década de 1950. Se reanudaron las excavaciones en 1990 bajo la supervisión del arqueólogo Amnon Ben-Tor. Se han producido estatuas de bronce, espadas, marfil, joyas, sellos, una copa de vino con cabeza de león y un gran palacio ceremonial, indicando la opulencia que disfrutaban los habitantes. Ben-Tor también descubrió enormes frascos de trigo chamuscado, vigas de cedro quemadas, paredes forradas de hollín y una capa de ceniza de 3 pies (0.9 m.), evidenciando un gran fuego lo suficientemente caliente como para derretir cerámicas de arcilla y partir losas de basalto. Ben-Tor se refirió al incendio como “la madre de los incendios.”

Campaña Norteña de Josué

Tel Hazor desde el este

Mientras Josué y su ejército avanzaban hacia el norte a través de Canaán, noticias de sus éxitos militares en el sur llegaron hasta el rey Jabín de Hazor. Habría escuchado sobre la destrucción de Jericó, Hai y los cinco reyes de los amorreos en Gabaón, y cómo Dios había hecho que el sol y la luna se detuvieran para Josué. Sabía que el poderoso Dios de Israel estaba luchando por los israelitas, pero aun así eligió ir a la guerra contra ellos. Jabín reunió a numerosos reyes y ejércitos para formar una gran coalición, pero Hazor era “cabeza de todos estos reinos” (Jos. 11:10). Su ejército era tan vasto “como la arena que está a la orilla del mar en multitud, con muchísimos caballos y carros” (v. 4).

El historiador judío Josefo nos dio el número verdadero de tropas en la coalición: 300,000 soldados de infantería, una caballería de 10,000 con 20,000 carros. Esa vasta multitud representaba el ejército más grande que Israel había enfrentado hasta el momento, y los israelitas estaban aterrorizados. Sin embargo, Dios aseguró a Josué: “Entonces el SEÑOR dijo a Josué: “‘No temas a causa de ellos, porque mañana a esta hora Yo los entregaré a todos ellos muertos delante de Israel’…Josué, y toda la gente de guerra con él, vinieron de repente sobre ellos junto a las aguas de Merom, y los atacaron. Y el SEÑOR los entregó en manos de Israel…” (Josué 11:6-8).

La Destrucción de Hazor

La Biblia nos dice que el Señor endureció el corazón de Jabín para que él decidiera venir contra Israel en batalla “a fin de que fueran destruidos por completo…” (Jos. 11:20). Josué llegó a Hazor “e hirió a espada a su rey…Mataron a filo de espada a todas las personas que había en ella, destruyéndolas por completo…A Hazor le prendió fuego” (vs. 10-11).

Aunque los arqueólogos argumentan sobre quién destruyó a Hazor, Ben-Tor cree que no podría ser otro que el ejército israelita bajo Josué. Eran las únicas personas en la región que creían en un sólo Dios, y la evidencia arqueológica demuestra que los israelitas desfiguraron celosamente todos los rostros de las estatuas cananeas de dioses y reyes que se encontraban en Hazor, y también les cortaron sus manos.

La Biblia nos dice que Josué hizo todo lo que el Señor le había ordenado, y “no dejó de hacer nada de todo lo que el SEÑOR había ordenado a Moisés” (Jos. 11:15). También quemó los carros e incapacitó a sus caballos de guerra (v. 9). Dios no quería que los israelitas confiaran en carros o caballos como los cananeos. Él quería que ellos depositasen su confianza solamente en Él (Sal. 20: 7). Después de que Josué destruyera a Hazor, la ciudad quedó abandonada por casi 200 años.

La Maldad de Canaán

La campaña de Josué por tomar a Canaán y destruir a la gente puede parecer excesivamente dura a los creyentes familiarizados con el mandato de Jesús (Yeshúa) de amar a nuestros enemigos. Pero la religión cananea era tan perversa que la paciencia de Dios finalmente se agotó y ya no podía dejar a la gente sin castigo.

Los cananeos adoraban a muchos dioses. Sus principales dioses eran “El” y su esposa “Asera,” la diosa de la fertilidad. Su hijo “Baal,” el dios de la tormenta, también estaba vinculado con la fertilidad. La sexualidad era de gran importancia en la religión cananea, donde los hombres y las mujeres participaban en prostitución ritual para asegurar una buena producción en sus cultivos (Hoerth). Dios decidió erradicar la inmoralidad y crueldad de aquellos que adoraban las deidades paganas “porque toda acción abominable que el SEÑOR odia, ellos la han hecho en honor de sus dioses, porque aun a sus hijos y a sus hijas queman en el fuego en honor a sus dioses” (Deut. 12:31). Dios quería que los israelitas evitasen ser atrapados en la idolatría cananea, el sacrificio de niños y los rituales sexuales. Dios decretó que la tierra ya no pertenecería a los cananeos, sino que la entregaría a manos de los israelitas.

Israel después de Josué

Después del Señor entregar “a todos sus enemigos en sus manos” (Jos. 21:44), Israel descansó y disfrutó todo lo que el Señor les dio. La guerra había terminado y la gente podía construir sus casas y cultivar sus tierras. Dios cumplió Su promesa a Abraham, Isaac y Jacob, y estableció a Su pueblo en la tierra de Canaán. Pero Josué había advertido a las tribus: “Ustedes han guardado todo lo que Moisés, siervo del SEÑOR, les mandó, y han escuchado mi voz en todo lo que les mandé…Solamente guarden cuidadosamente el mandamiento y la ley que Moisés, siervo del SEÑOR, les mandó, de amar al SEÑOR su Dios, andar en todos Sus caminos, guardar Sus mandamientos y de allegarse a Él y servirle con todo su corazón y con toda su alma” (Josué 22: 2, 5).

Josué les recordó que fue el Dios de Israel quien había luchado por los israelitas, les dio sus victorias y les entregó su herencia. Si le obedecían, el Comandante de los Ejércitos del Cielo continuaría caminando con ellos. Israel pasó entonces a la siguiente fase de su historia con esperanza y promesa.

Israel en Apostasía

Pero los años de paz hicieron que la gente se sintiera complaciente y reemplazaron su pacto con la idolatría pagana. Todas las tribus, excepto Judá, desobedecieron a Dios porque no expulsaron a los cananeos por completo de su territorio. Les era más fácil dejarlos vivir que someterlos o expulsarlos. Por lo tanto, los Hijos de Israel fueron inducidos a imitar a los paganos, mezclándose y casándose con los cananeos y abandonando al Dios de Israel. Los cananeos finalmente demostraron ser “lazo y trampa… azotes en sus costados y como espinas en sus ojos…” (Jos. 23:13).

La apostasía de esa nueva generación de israelitas trajo consigo el cautiverio y la esclavitud bajo el reinado brutal de otro Jabín, rey de Hazor, y su cruel general Sísara. Los cananeos se habían reestablecido en la tierra y reconstruyeron su capital, Hazor. Irónicamente, los israelitas ahora eran los oprimidos por los que ellos mismos habían conquistado anteriormente.

Israel se convirtió en un lugar muy hostil para vivir. Bandas de merodeadores recorrían los caminos, y la gente tenía miedo de salir de sus hogares. La anarquía era rampante, y un manto de desesperanza y terror cubría la tierra. El poder de Jabín era intimidante. Con decenas de miles de tropas a su disposición, ningún guerrero israelita se atrevía salir contra él. Los corazones de la gente estaban atados por el temor, y finalmente clamaron a Dios.

Débora: Jueza, Profetiza y Guerrera

Derrota de Sísera y el ejército cananeo.

Después de 20 años bajo la tiranía de Jabín, Dios proveyó una libertadora. Débora era una mujer piadosa que había permanecido fiel a Dios. Se sintió afligida por el pecado de su pueblo y trató de hacerlos regresar al Señor. Como jueza y “madre en Israel” (Jueces 5: 7), las personas reconocían su liderato y se dirigían a ella para pedirle sabio consejo. Débora escuchaba a Dios, y Él la elevó a una posición de autoridad gubernamental, espiritual y militar entre el pueblo de Israel. Luego le dio una estrategia para derrotar a Jabín.

Llamó a Barac, un general israelita, y le reveló el plan de Dios para su victoria. Barac sin duda se sintió retado por ese mandato. Sabía que si aún pudiese lograr reunir a un ejército, ninguno tendría armas, las cuales fueron confiscadas por los cananeos. “No se veía escudo ni lanza entre 40,000 en Israel” (Jue. 5:8). Salir a la guerra sin armas era un suicidio. Enfrentarse a un enemigo profesional de 100,000 hombres y 900 carros de hierro, el arma militar más letal y de avanzada tecnología en ese tiempo, era aún más amedrentador.

Aunque al principio se mostró reacio por lo que Débora le compartía, Barac debió haber sentido un inmenso respeto por su valentía y su capacidad de escuchar al Señor, ya que ciertamente reunió a su ejército en la cima del Monte Tabor y luego los llevó a la batalla. Por su propia valentía ante terribles obstáculos, Barac aparece como uno de los héroes de la fe en Hebreos 11.

Débora no temía obedecer la orden del Señor y, ante la insistencia de Barac, salió junto con el ejército. Ella había escuchado a Dios y estaba segura de que Su plan de batalla les llevaría a la victoria. Ella animó a Barac y sus tropas con el recordatorio de que Dios lucharía por ellos y entregaría ese mismo día al ejército de Jabín en sus manos cerca del río Cisón (Jueces 4:7, 14).

La Batalla Contra Jabín

Una tormenta de lluvia inesperada sorprendió al ejército cananeo cuando sus carros se lanzaron contra las tropas israelitas. La Canción de Débora en Jueces 5 registra que las aguas desbordantes del río Cisón barrieron con el enemigo. Josefo elaboró el relato bíblico y escribió que “llegó del cielo una gran tormenta con abundante lluvia y granizo; el viento sopló la lluvia sobre el rostro de los cananeos y les oscureció de tal modo la vista que no pudieron obtener ningún beneficio de sus hondas y flechas. El frío del aire no permitió tampoco a los soldados emplear las espadas. La tormenta en cambio no incomodó mucho a los israelitas, porque estaba a sus espaldas. Ante la certeza de que Dios los asistía, los israelitas cobraron tanto valor que se lanzaron sobre el enemigo y mataron un gran número de sus hombres.”

El Señor derrotó a todo el ejército cananeo, y Barac los persiguió hasta que no quedó vivo ni uno solo (Jueces 4:16). “Y la mano de los Israelitas se hizo más y más dura sobre Jabín, rey de Canaán, hasta que lo destruyeron” (v. 24).

La Victoria es del Señor

La historia de esta batalla hace eco de la historia de los israelitas ante el Mar Rojo. Los Hijos de Israel quedaron indefensos a orillas del mar mientras los carros de Faraón corrían hacia ellos; el mar bloqueaba cualquier escape. Allí Moisés le dijo a la gente: “No teman; estén firmes y vean la salvación que el SEÑOR hará hoy por ustedes” (Éxodo 14:13).

La victoria israelita sobre los cananeos no fue menos milagrosa que la victoria de sus antepasados sobre los egipcios, y requirió la misma fe. Dios demostró que tenía el control del Mar Rojo como de las aguas de Merom, el río Cisón, la lluvia, el granizo y el enemigo.

La Tierra Tuvo Descanso

Débora animó a las tropas a pelear, pero también provocó el deseo de los israelitas en servir a Dios una vez más porque los había liberado de Jabín, rey de Hazor, y del ejército cananeo. Como en tiempos de Josué, Dios dio “shalom” (paz) a la gente y a la tierra. La nación fue purificada y “tuvo descanso por cuarenta años” (Jueces 5:31).

El Poder de la Adoración

La canción de Débora

Ambos Josué y Débora eran adoradores y estaban totalmente dedicados al Dios de Israel. Disfrutaban de largos momentos ante Su presencia y se resistían a salir de allí. Josué se quedaba en la Tienda de Reunión mucho tiempo después de que todos los demás se habían ido a sus tiendas (Éxodo 33:11). Débora respondió a la victoria israelita con un hermoso canto de alabanza al Señor (Jueces 5). Podemos estar seguros de que ella también alabó a Dios antes de la batalla y en medio de ella. Su apasionada canción evidencia una vida saturada de adoración.

La palabra para adoración en hebreo es avodá, la misma palabra usada para “trabajo” y “servicio.” Para Josué y Débora, la adoración estaba integrada armoniosamente con la fiel acción. Se levantaron de sus rodillas y se dirigieron a la batalla con espadas desenvainadas y un aleluya en sus labios. Reconocieron que la adoración era parte esencial de la guerra, y manejaron la alabanza tan efectivamente como el arma.

Su consigna era el Shemá (Deut. 6:5): de amar al Señor su Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su fuerza. La adoración fortaleció sus corazones y los preparó para tomar posesión de la herencia que Dios les había dado: una tierra junto con Su presencia.

Los que pertenecemos al Reino de Dios también debemos saturarnos de adoración porque pertenecemos a Su ejército espiritual, y nuestra batalla no es “contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas…” (Ef. 6:12).

Nuestro Comandante ya ha prometido que el reino del enemigo será destruido, por lo que nuestras vidas pueden resonar con una canción de victoria todos los días. “Alcen, oh puertas, sus cabezas, álcense, puertas eternas, Para que entre el Rey de la gloria. ¿Quién es este Rey de la gloria? El SEÑOR, fuerte y poderoso; El SEÑOR, poderoso en batalla” (Sal. 24:7-8).

Un Llamado a la Batalla

¿Es nuestro mundo tan diferente al del antiguo Israel? Muchas personas se sienten abrumadas por situaciones desesperantes, luchas financieras, conflictos familiares, ciudades plagadas de crimen, gobiernos centrados sólo en mantener su poder y cristianos que se alejan de su intimidad con el Señor porque creen que un estilo de vida piadoso ya no es relevante.

Dios está llamando a hombres y mujeres con el espíritu de Josué y Débora, personas justas en carácter y acción, para que se levanten y salgan a luchar por sus familiares y naciones. Esas personas sienten una carga espiritual por su sociedad tan enloquecida por el espíritu de Jabín, y oran apasionadamente para que Dios intervenga.

Necesitamos personas que se sumerjan en Su Palabra, que escuchen Su voz, que reciban Sus estrategias y que las pongan en acción. Necesitamos héroes con el corazón y la mente de Dios que conquisten el mal y establezcan Su Reino en la tierra como en el cielo. Dios está preguntando: “¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?” Las personas valientes deben responder al llamado: “¡Aquí estoy! Envíame a mí” (Isaías 6:8).

 

Traducido por Teri S. Riddering,
Coordinadora Centro de Recursos Hispanos

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Bibliografía

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