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Bien hecho, siervo bueno y fiel

por: Ilse Strauss, Jefa de la Oficina de Noticias

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Dando la bienvenida a una nueva familia inmigrante

Junto con el resto del mundo, hemos visto con horror cómo las tensiones latentes en Ucrania estallaban en la batalla terrestre más brutal en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Nos hemos angustiado con las noticias de civiles que perecen por el impacto de misiles en edificios de apartamentos, y hemos orado por un rápido fin de esta violencia.

Aquí en Israel, los acontecimientos en Ucrania nos resultan especialmente cercanos. La Tierra Prometida cuenta con una importante población de judíos ucranianos que han emigrado, y ahora, unos 500,000 llaman a Israel su hogar. Muchos de ellos tienen madres, padres, hijos e hijas que aún viven en Ucrania y que se enfrentan el ataque ruso.

Tres de nuestros colegas son judíos, nacidos en Ucrania. Llegaron a Israel habiendo dejado pedazos de su corazón allá; despidiéndose de su familia, amigos y vecinos. Nuestros colegas han permanecido cerca de muchos de ellos. Y ahora ante el avance de los rusos aquellos que tienen cerca de su corazón, son los que están atrapados en el tráfico congestionado intentando huir de las ciudades asediadas, o acurrucados en las estaciones subterráneas del metro mientras caen las bombas rusas. Peor aún, tíos, primos y sobrinos que eran abogados, profesores y agricultores antes de la llegada de los rusos, son ahora los soldados que se enfrentan al ejército rojo.

En Puentes para la Paz esta situación nos toca profunda y especialmente de cerca. A lo largo de los años hemos ayudado a miles de judíos ucranianos a volver a casa en Israel, y luego los hemos apoyado con alimentos y otras necesidades mientras aprendían el idioma, encontraban un trabajo y se instalaban en éste, su nuevo país de origen. Sólo en 2021 hemos dado la bienvenida a 1,446 judíos ucranianos. Ahora estamos con ellos mientras lloran el destino de su patria y se preocupan por sus seres queridos que en este momento están bajo la mira.

Incluso, mientras las tropas rusas se amontonan en la frontera, nuestro equipo en Ucrania ha seguido trabajando incansablemente para ayudar al mayor número posible de personas judías, a venir a Israel. En estos días hemos intensificado nuestros esfuerzos, poniendo nuestros recursos a la disposición de las organizaciones que lanzan esfuerzos de rescate a este país devastado por la guerra.

Las imágenes de familias destrozadas; de despedidas desgarradoras en las estaciones de tren; de padres desesperados que envían a sus hijos a un lugar seguro, mientras ellos se quedan atrás para afrontar lo que venga; también traen horribles recuerdos a muchos sobrevivientes del Holocausto. Mi amigo Daniel es uno de ellos.

Una niña visitando el monumento ‘Kindertransport’ en Londres, Inglaterra

Las cicatrices que llevan

Daniel es un anciano extraordinariamente joven, de 99 años, que sólo se da cuenta de su edad (le encanta bromear con ello) cuando pasa enfrente de un espejo. Días antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, Daniel fue seleccionado para el ‘Kindertransport’ (transporte de niños); una iniciativa de rescate que sacaba a los niños judíos de la Alemania nazi, para ponerlos a salvo en Gran Bretaña. Mientras a los niños se les ofrecía una oportunidad de vivir; los padres enfrentaban a la agonía de subir a sus pequeños a un tren y decirles adiós, probablemente para siempre.

«Nuestros padres eran los héroes», recuerda Daniel. «Esperábamos que ellos nos siguieran. Los adultos sabían que quizá no volverían a ver a sus hijos y la mayoría estaba en lo correcto. Sin embargo, mientras el tren se alejaba ninguno de ellos lloraba. Fueron fuertes delante de nosotros. No querían que el llanto fuera el último recuerdo que tuviéramos de ellos».

Mientras la invasión de Ucrania hace sus estragos, acompañados por los periódicos y los canales de televisión con imágenes de desesperación y destrucción, mi hija Lily de nueve meses y yo visitamos a Daniel, para ver cómo lo estaba afrontando. Era viernes por la tarde, una hora antes de que empezara el Shabat (día de reposo) y el sol ya estaba cayendo sobre colinas que rodean Jerusalén. Daniel estaba sentado en su sofá, con una Lily balbuceante metida bajo sus brazos. Yo estaba en el suelo junto a sus pies, y al mirarlo sentí una oleada de ternura.

«¿Tenías miedo?» pregunté, con el corazón contraído al pensar en los vagones llenos de pequeños abandonados, que en esos momentos lloraban después de que el tren saliera de la estación, dejando atrás todo lo conocido. Daniel se quedó en silencio durante un momento como si estuviera masticando mi pregunta. Luego negó con su cabeza: «No, miedo no. Los nazis ya se habían llevado a mi padre. Yo ya había sufrido. Ya estaba un poco endurecido, ¿sabes? Pero al ver a los niños pequeños a mi alrededor; algunos de ellos no más de cuatro o cinco años llorando: “Mamá, mamá”; me puse triste. Ahora, estoy igualmente triste al ver que está ocurriendo de nuevo».

Nos quedamos sentados hasta la puesta de sol, señalando que el Shabat había comenzado. Daniel y Lily, un miembro de la tercera edad y Lily que pertenece a quienes apenas han llegado a esta vida; juntos acurrucados en el sofá, y yo a sus pies en el suelo, lamentando un mundo caído en el que trenes llenos de bebés vuelven a llorar por sus madres.

La pregunta del momento

Desde que empezaron a sonar los tambores de guerra en Europa del Este, hemos recibido varias preguntas sobre sus implicaciones. ¿Estamos viendo el cumplimiento de Ezequiel 38 y 39? ¿Debemos esperar una alianza entre Rusia e Irán que en última instancia vendrán contra Israel? ¿Podríamos estar presenciando los primeros disparos de la Tercera Guerra Mundial? ¿Es éste el surgimiento de Gog y Magog, que Ezequiel predijo que vendría «de las partes remotas del norte… una gran multitud y un poderoso ejército… contra Mi pueblo Israel como una nube para cubrir la tierra.» (38:15-16)? La respuesta a todas estas preguntas es la misma: posiblemente, tal vez, quizá.

Por muy relevantes que sean, me pregunto si estas son las preguntas pertinentes del momento. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, la Biblia está llena de profecías sobre las cosas que Dios hará y llevará a cabo. Con demasiada frecuencia —sobre todo cuando nos acosa una pandemia mundial o la amenaza de otra guerra mundial— resulta tentador mirar los titulares de las noticias y a los participantes de un evento, como si fueran las piezas de un rompecabezas que pueden encajar correctamente, y formarnos la idea de las cosas que el Señor dijo que estaban por venir. Sin embargo, ¿podría ser que las profecías bíblicas fueron dadas como señales que dan testimonio de la fidelidad y el poder de Dios, una vez que se han convertido en hechos; es decir, una vez que se han cumplido? ¿Es posible que Dios quiera que tomemos nota de las cosas que dijo que haría, pero que le dejemos a Él la forma en que se cumplirán? ¿Es posible que Él quiera guardar los detalles del quién, el qué y el cómo para sí mismo hasta que lleve a cabo Su plan? Es posible que sólo una vez que el acontecimiento tenga lugar y miremos hacia atrás con asombro y maravilla, exclamemos: «¡Sí! Dios lo ha hecho de nuevo! Dijo que lo haría y lo ha hecho. Esto es una prueba de Su existencia. Vengan a ver lo que Él ha hecho».

Los profetas del Antiguo Testamento predijeron la llegada de un Mesías. Las especulaciones, los argumentos y las teorías eran abundantes en cuanto a cómo, cuándo y dónde vendría. Pero los pensamientos de Dios no son los nuestros, y Sus caminos son mucho más elevados que los nuestros (Isaías 55:8-9). Así que cuando el Mesías finalmente llegó, lo hizo de una manera tan inesperada que todo el mundo quedó desconcertado. ¿Quién podría haber predicho o encajado las piezas del rompecabezas antes de que se produjera el milagroso acontecimiento? Sólo después, pudimos contemplar con asombro el acontecimiento que daba testimonio de Su fidelidad y poderío.

Los profetas del Antiguo Testamento también predijeron que el pueblo judío volvería a casa después de que Dios lo hubiera dispersado a los cuatro puntos cardinales de la tierra. Las especulaciones, los argumentos y las teorías eran abundantes en cuanto a ¿cómo? y ¿cuándo? se produciría el regreso a casa. Pero una vez más, los pensamientos de Dios no son los nuestros, y Sus caminos son mucho más elevados que los nuestros (Isaías 55:8-9). Por eso, cuando finalmente se produjo el regreso a casa, fue de una forma tan inesperada que el mundo todavía está desconcertado. Una vez más, ¿quién podría haber predicho o haber encajado las piezas del rompecabezas antes de que tuviera lugar el milagroso acontecimiento? Y una vez más, sólo pudimos mirar hacia atrás con asombro ante el hito que daba testimonio de su fidelidad y poder.

¿Podría ser este el patrón para el desarrollo de las profecías bíblicas? ¿Quiere Dios que seamos conscientes de lo que está por venir y en lugar de centrarnos en el qué, el cómo y el dónde de cómo se producirá, quiere que nos concentremos en otra cosa?

Respondiendo a su llamada

Mateo 24 y 25 son conocidos como el Discurso del Olivar; un pasaje en el que los discípulos de Jesús (Yeshúa) le preguntaron sobre el final de los tiempos y Él les respondió. Sucedió justo antes de que Jesús se enfrentara a la cruz. El grupo de seguidores estaba reunido en torno a su rabino en la ladera del Monte de los Olivos, con vistas hacia el Templo. En respuesta, Jesús enumeró una serie de dolores de parto, empezando por el levantamiento de una nación contra otra y de un reino contra otro, terremotos, hambre, pestes, falsos profetas, apostasía y persecución. Suena familiar, ¿verdad? Pero entonces Él sigue adelante y después de darnos una breve visión de los tiempos difíciles que preceden a Su venida, pasa la mayor parte de este pasaje crucial describiendo cómo quiere que vivamos y actuemos en medio de esos tiempos difíciles.

Mientras vemos cómo se levantan nación contra nación y reino contra reino; mientras la peor batalla terrestre desde la Segunda Guerra Mundial hace estragos en Europa; mientras Rusia e Irán se hacen cada vez más amigos; y mientras los terremotos, las pestes, la apostasía y la persecución desgarran la tierra; creo que la pregunta pertinente del momento es: ¿Cómo quiere Dios que vivamos para hacer brillar Su luz en un mundo cada vez más lleno de oscuridad?

Afortunadamente, Él responde con gran detalle en el Discurso del Olivar. Nos da la parábola de los siervos fieles y malos, enseñándonos a mantener el rumbo como Sus representantes en la tierra, sirviendo a los demás, aunque Él se demore (Mateo 24:36-44). Luego está la parábola de las vírgenes prudentes y necias, que nos enseña a mantener nuestras lámparas llenas de aceite (Mateo 25:1-13). Luego viene la parábola de los talentos, que nos exhorta a gastar los recursos que Él nos confió para construir Su Reino (Mateo 25:14-30). Por último, nos ofrece una visión entre bastidores; del Hijo del Hombre juzgando a las naciones (Mateo 25:31-46). ¿Y cuál es su vara de medir? Alimentar al hambriento; dar de beber al sediento; acoger al forastero; vestir al desnudo; cuidar a los enfermos; y visitar a los que están encadenados. ¿Por qué? «En verdad les digo que en cuanto lo hicieron a uno de estos hermanos Míos, aun a los más pequeños, a Mí lo hicieron» (Mateo 25:40).

Mientras veo cómo se desarrollan los tiempos difíciles en el escenario mundial, siento una llamada urgente en mi corazón. El sufrimiento y la angustia están por todas partes y no harán más que aumentar. Y nosotros —tú y yo— tenemos la respuesta, la única respuesta. Y Él ya nos ha dicho cómo quiere que actuemos y qué quiere que hagamos. ¡Qué consuelo! ¡Qué privilegio! Tenemos el honor de construir Su Reino juntos. Y mientras nosotros —tú y yo— trabajamos juntos para alimentar al hambriento, dar de beber al sediento, acoger al forastero, vestir al desnudo, cuidar al enfermo y visitar a los encadenados; es mi más sincero deseo que le escuchemos decir: «Bien hecho, siervo bueno y fiel» (Mateo 25:21, 23).

 

Traducido por Chuy González – Voluntario en Puentes para la Paz
Revisado por Robin Orack – Voluntaria en Puentes para la Paz

 

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