Un viaje a través de la historia bíblica a día de hoy

Cuando salimos de Jerusalén y nos adentramos en aquella zona que el mundo insiste en llamar Cisjordania [Judea y Samaria], podemos percibir un cambio en el ambiente. Acabamos de entrar en el corazón bíblico de Israel: su centro y su núcleo.
Así como el cuerpo humano posee una columna vertebral que lo mantiene unido, la Tierra Prometida también tiene la suya propia. En la antigüedad, se la conocía como el “Camino de los Patriarcas”. Hoy en día, lo llamamos Ruta 60. Desde Beerseba, en el sur, se extiende directamente hacia el norte a lo largo de 235 km (146 mi) hasta llegar a Nazaret, pasando por casi todos los lugares más significativos de la antigua historia judía —y también por muchos lugares bíblicos.
¿Has notado que las zonas que poseen mayor conexión bíblica más fuerte son precisamente los lugares donde el enemigo libra sus batallas más feroces? Esa es la historia del corazón de Israel —Judea y Samaria— y de la Ruta 60, la carretera que conecta las regiones donde vivieron Abraham, Isaac y Jacob hace miles de años.
“Quién es quién” en los lugares más importantes
La primera vez que oí hablar de la Ruta 60 como la “columna vertebral” de Israel fue a través de la esposa del rabino Moshe, quien ha vivido en Itamar desde hace cuarenta años. El día de nuestra visita a aquella pequeña comunidad judía en Samaria, tuvimos que tomar el “camino más largo” para llegar hasta allí, ya que la Ruta 60 había sido escenario de numerosos ataques terroristas en el pasado. Sin embargo, la Rebetzin nos animó a regresar a Jerusalén por la Ruta 60, pidiéndonos que tuviéramos en cuenta los “puntos de referencia” de la carretera: Hebrón, Belén, Jerusalén y Siló. Los nombres de estas comunidades —y de otras situadas a lo largo de la Ruta 60— conforman un “quién es quién” en los lugares más importantes de la historia judía y bíblica.

Subiendo a la ciudad del Gran Rey
La Ruta 60 comienza en Beerseba, y nosotros haremos lo mismo. El Génesis nos relata que fue el propio Abraham quien dio a este lugar el nombre de Beerseba: el sitio donde prestó juramento ante Abimelec, rey de la ciudad filistea de Gerar (21:31). Ambos hombres resolvieron una disputa en cuanto a un pozo que Abraham había excavado y que los siervos de Abimelec habían cegado. Tras alcanzar un acuerdo, Abimelec regresó a su hogar; Abraham, por su parte, “plantó un tamarisco en Beerseba y allí invocó el nombre del Señor, el Dios eterno” (21:33).
La ciudad de Hebrón se encuentra aproximadamente a 50 km (31 mi) al norte de Beerseba, y Abraham desempeña también un papel fundamental en este lugar. Tras la muerte de su esposa Sara, Abraham compró la Cueva de Macpela de Efrón el hitita; la transacción fue presenciada por los hijos de Het, y su escritura de compraventa quedó registrada en las Escrituras (Gén 23:16-18). Más tarde, durante la conquista israelita de Canaán, la ciudad entera de Hebrón fue entregada a Caleb como herencia (Jos 14:13).
El corazón de la historia sagrada
Mencionada cerca de cincuenta veces en las Escrituras, Belén figura en los relatos del patriarca Jacob, de Rut —la mujer moabita que regresó con Noemí—, del rey David y de muchos otros. Como cristianos, recordamos a Belén como el lugar de nacimiento de Jesús (Yeshúa), nuestro Salvador. Hoy en día, Belén es una ciudad bajo el control total de la Autoridad Palestina y, como tal, a los ciudadanos israelíes no se les permite entrar en ella. Sin embargo, muchos judíos viajan a la tumba de Raquel —un lugar sumamente venerado en el judaísmo—, que se encuentra situada en la entrada norte de la ciudad.
Luego está Jerusalén, una ciudad apartada para un propósito especial y un lugar incomparable. La razón de este estatus único resulta evidente a partir de las Escrituras: “Porque el Señor ha escogido a Sión; la quiso para Su habitación. «Este es Mi lugar de reposo para siempre; aquí habitaré, porque la he deseado»” (Sal 132:13-14).
Jerusalén es el corazón de Israel. Incluso los judíos que viven fuera de la Tierra de Israel expresan su anhelo al concluir sus seders de Pésaj con anhelo, con las palabras: “El año que viene en Jerusalén”.
Más allá del horizonte de Jerusalén

Al norte de Jerusalén se encuentra Micmás, uno de los lugares donde Saúl y Jonatán combatieron a los ejércitos filisteos (1 Sam 13). A continuación aparece Hai, una de las ciudades mencionadas en los viajes nómadas de Abraham (Gén 12:8) y nuevamente durante la primera campaña militar de Josué (Jos 7, 8).
La Ruta 60 pasa luego por Betel, la “Casa de Dios”, donde Jacob se detuvo en su camino hacia Harán. Allí soñó con una escalera entre el cielo y la tierra; desde la que el propio Señor repetía la promesa que había hecho a Abraham: la promesa de que Jacob heredaría la tierra en la que estaba durmiendo (Gén 28:12-13).
Serpenteando más hacia el norte, la Ruta 60 ofrece vistas del antiguo Siló, hogar del Tabernáculo durante 369 años. Luego aparece Har Bracha, una comunidad judía situada en la cresta sur del monte Guerizín, donde las seis tribus se apostaron para recitar bendiciones tras el regreso de Israel a la tierra bajo el liderazgo de Josué (Dt 27:12). Desde allí, el camino continúa hacia Siquem (Nablus), una ciudad bajo control palestino total. Siquem alberga el emplazamiento de la tumba de José, lugar al que los judíos solo pueden acceder bajo escolta de las FDI [Fuerzas de Defensa de Israel], en la actualidad. A continuación se encuentra el monte Ebal, la montaña desde la que las seis tribus restantes de Israel pronunciaron las maldiciones, según Deuteronomio 27:13.

Dominando Siquem se encuentra Elon Moreh, la cuna del futuro Israel, el lugar donde Abraham erigió un altar al Señor tras recibir la promesa de que la tierra que se extendía a su alrededor pertenecería algún día a sus descendientes (Gén 12:7). Desde Siquem, solo hay 97 km (60 mi) hasta llegar a Nazaret y al final de la Ruta 60. Pero esa es una historia para otro día…
Llamando a las cosas por su nombre
El territorio que atraviesa la Ruta 60, o el “Camino de los Patriarcas”, es la zona más rica y significativa de Israel desde el punto de vista bíblico. El enemigo ha estado luchando sin descanso para negar esa verdad, y la batalla continúa. Una de las armas del enemigo es el uso del término “Cisjordania”. Se trata de un nombre político que no refleja la verdad de Dios. Es hora de que insistamos en que esta zona sea llamada por lo que es: Judea y Samaria.
Traducido por Robin Orack – Voluntaria en Puentes para la Paz
Revisado por Ara Sainz – Voluntaria en Puentes para la Paz
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