El inesperado vencedor de la guerra de Irán

Por Simon Fenn
Era poco después del amanecer del 2 de marzo de 2026 cuando las sirenas antiaéreas comenzaron a ulular por toda la ciudad de Riad. Misiles balísticos iraníes surcaban el cielo en dirección al corazón petrolero del este del reino; impactando uno de ellos en las afueras de la refinería de Ras Tanura, y emitiendo columnas de humo negro que se elevaban hacia el cielo. Las fuerzas de defensa de Arabia Saudita interceptaron la mayoría de los proyectiles, pero los escombros continuaron cayendo sobre zonas civiles, y comenzaron a llegar informes de bajas menores cerca de las instalaciones clave.
En las horas siguientes, funcionarios saudíes contactaron a través de canales extraoficiales, no solo con Washington, sino también con Jerusalén. El intercambio de inteligencia sobre las trayectorias de los misiles iraníes y los patrones de los drones —que se había estado llevando a cabo discretamente desde hacía años— cobró una mayor importancia.
Esta no ha sido la primera colaboración de este tipo, pero en esta ocasión, las circunstancias eran diferentes. La guerra entre Israel y Estados Unidos contra el régimen iraní ha terminado involucrando a los estados del Golfo en el conflicto mucho más de lo que muchos habían previsto. Como represalia, Irán arremetió de forma inexplicable contra sus vecinos árabes, con misiles y drones dirigidos a objetivos en Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos [EAU], Catar, Baréin, Kuwait y Omán, causando daños en las infraestructuras, provocando el cierre temporal de los aeropuertos e interrumpiendo brevemente las operaciones de las empresas energéticas. Solo en Arabia Saudita, los ataques tuvieron como blanco Riad, la Provincia Oriental y el complejo de la embajada estadounidense. La estrategia de “defensa en mosaico” de Irán —antes dirigida principalmente contra Israel y las bases de Estados Unidos— amenazaba ahora la estabilidad sobre la que las monarquías del Golfo habían cimentado sus economías modernas.

¿Con qué objetivo?
La campaña de Irán parecía sumamente indiscriminada, al atacar territorio soberano, poniendo en peligro a los civiles y dañando hoteles, aeropuertos, puertos y centros energéticos, más allá de cualquier justificación militar. Los analistas señalaron la ausencia de una clara contención estratégica. Teherán atacaba a los vecinos que habían instado públicamente a la desescalada, haciendo añicos la frágil paz con Arabia Saudita posterior a 2023 y enemistándose con otros estados que habían evitado la confrontación directa durante años. De esta forma, Irán parecía lograr precisamente el resultado que había intentado evitar durante décadas: el nacimiento de una unión de los estados árabes —junto con Washington y Jerusalén— en su contra.
Los ataques desataron indignación y solidaridad entre las monarquías del Golfo, que desde hacía tiempo temían verse arrastradas a conflictos ajenos, pero que ahora se enfrentaban a amenazas existenciales en materia económica y de seguridad por parte de un régimen aparentemente desesperado.
El deshielo
Durante décadas, Arabia Saudita e Israel se observaron mutuamente a través de un prisma de hostilidad arraigado en el conflicto árabe contra Israel. No existían relaciones oficiales. Los pasaportes saudíes prohibían viajar a Israel y la retórica pública condenaba a la “entidad sionista”. Sin embargo, bajo la superficie, latían intereses compartidos. Ya en la década de 2010, surgieron informes sobre reuniones encubiertas entre los jefes de inteligencia israelíes. Posteriormente, en 2022, el entonces jefe del Estado Mayor de las FDI, Aviv Kohavi, se unió a altos mandos militares árabes en Sharm el-Sheij para debatir estrategias para contrarrestar a Irán.

Pero, no nos equivoquemos. Esto no se trataba de una amistad, sino más bien una necesidad nacida de enfrentarse a un enemigo común: las ambiciones nucleares de Teherán, su programa de misiles balísticos y sus ejércitos interpuestos.
Los ‘Acuerdos de Abraham’ de 2020 aceleraron drásticamente este acercamiento. Los Emiratos Árabes Unidos y Baréin normalizaron sus relaciones con Israel, seguidos por Marruecos y Sudán, forjando alianzas públicas en materias económicas, tecnológicas y de seguridad. Arabia Saudí se mantuvo al margen públicamente, insistiendo en que cualquier acuerdo dependía del progreso hacia la creación de un estado palestino. El príncipe heredero Mohammed bin Salman reiteró en 2023 que la normalización requería “un camino claro” hacia la independencia palestina con Jerusalén este como su capital. Sin embargo, la cooperación crecía en privado. Las aeronaves israelíes sobrevolando a través del espacio aéreo saudí se convirtieron en algo habitual, el flujo información de inteligencia sobre las amenazas iraníes y los rumores económicos sobre las inversiones tecnológicas y la experiencia en desalinización insinuaban lo que podría suceder.
Entonces empezó la guerra. Los aliados de Irán ya habían castigado duramente la región del Golfo durante años, pero los impactos directos de los misiles iraníes en las ciudades del Golfo marcaron una línea roja. Las autoridades de los EAU informaron de que habían interceptado cientos de proyectiles, mientras que Arabia Saudita detectaba misiles y drones sobre emplazamientos estratégicos. Las operaciones de GNL [gas natural licuado] de Catar y las plantas de aluminio de Baréin sufrieron graves interrupciones.
La reacción fue rápida y unánime: los ministros de Asuntos Exteriores árabes y musulmanes se reunieron en Riad el 19 de marzo y emitieron una declaración conjunta en la que reafirmaban el derecho a la legítima defensa en virtud del artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas. Arabia Saudita, tradicionalmente cautelosa, habló ahora de reservarse “todas las medidas necesarias” para responder de manera agresiva a Irán.
Los ataques de Irán han profundizado en las vulnerabilidades y puesto de relieve las limitaciones de las antiguas alianzas. A pesar de contar con bases estadounidenses en su territorio, los estados del Golfo constataron que los interceptores norteamericanos se encontraban al límite de su capacidad. Israel —con sus defensas aéreas multicapa, la inteligencia en tiempo real del Mossad y sus impresionantes capacidades ofensivas— parece haber pasado de ser un adversario histórico, a un socio indispensable.
Traducido por Robin Orack – Voluntaria en Puentes para la Paz
Revisado por Ara Sainz – Voluntaria en Puentes para la Paz
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