Revista desde Jerusalén

Enemigos entre aliados: chiíes contra 

suníes durante la operación “Léon Rugiente”

Por Kate Norman

A menudo se simplifica demasiado el conflicto en el Medio Oriente, presentándolo como una lucha entre Israel e Irán, o entre Occidente y el mundo musulmán. Sin embargo, bajo la superficie yace otra batalla: una que ha moldeado la región durante casi 1,400 años.

Al comprender la diferencia entre las dos ramas principales del islam —la suní y la chií— podemos entender mejor muchas de las alianzas, rivalidades y guerras que configuran el Medio Oriente actual.

Una misma fe, dos ramas diferentes

Los suníes y los chiíes tienen mucho más en común que aquello que los divide. Ambos creen en el Corán [libro sagrado del islam]; respetan el Hadiz (registros de las tradiciones orales de Mahoma); y siguen los Cinco Pilares del Islam: la Shahada (profesión de fe), el Salat (oraciones diarias), el Zakat (caridad), el Sawm (ayuno durante el Ramadán) y el Hajj (peregrinación a La Meca).

La principal diferencia entre las dos ramas principales del islam, no radica en la ideología, sino en una disputa sobre la sucesión tras la muerte de Mahoma en el año 632 d. C. Los suníes sostenían que el liderazgo debía elegirse por consenso, y no por herencia, y apoyaron a Abu Bakr —amigo íntimo y suegro de Mahoma— como su sucesor. Los chiíes apoyaron a Alí —primo y yerno de Mahoma—, al considerar que el liderazgo debía permanecer dentro de la línea de sangre directa de Mahoma.

En la actualidad, aproximadamente entre el 85% y el 90% de los 1,600 millones de musulmanes del mundo son suníes, mientras que alrededor del 10% al 15% son chiíes. Los suníes constituyen la secta mayoritaria en la mayoría de los países de mayoría musulmana, incluyendo grandes poblaciones en Asia, Medio Oriente y África. Los chiíes forman mayorías en Irán, Irak, Baréin y Azerbaiyán, y cuentan con poblaciones significativas en el Líbano, Yemen, Siria y partes de Arabia Saudita.

Las raíces de la división moderna

Los suníes reconocen el liderazgo de los cuatro primeros califas, o sucesores de Mahoma. Estos califas gobernaron durante del Imperio otomano —reconocido como califato durante más de 400 años— hasta que este colapsó tras la Primera Guerra Mundial. Esa pérdida provocó una reacción suní contra la influencia occidental, lo que llevó al maestro egipcio Hasan al-Banna a fundar la Hermandad Musulmana en 1928, el primer gran movimiento fundamentalista suní. Posteriormente, Hamás surgió como una ramificación de la Hermandad Musulmana.

Los chiitas, por el contrario, reconocen únicamente a los herederos de Alí como sucesores legítimos. La mayoría de los musulmanes chiitas creen que el Duodécimo Imán —un descendiente de Alí— desapareció en el año 874 d. C. y que algún día regresará como el Mahdi, una figura mesiánica islámica.

Durante siglos, los chiitas creyeron carecer de un liderazgo político legítimo. Eso cambió en 1979, cuando el ayatolá Ruhollah Jomeini encabezó la Revolución Islámica de Irán y estableció el primer Estado moderno gobernado por clérigos chiitas.

(Crédito: AaribAmin/wikimedia.org)

Irán y la división sectaria

La Revolución iraní de 1979 marcó un punto de inflexión. Jomeini transformó a Irán en la principal potencia chiita del mundo e instó a los chiitas a nivel internacional a desafiar a las monarquías sunitas y a los gobiernos respaldados por Occidente.

Los gobernantes suníes, especialmente en Arabia Saudita y los Estados del Golfo, vieron esto como una amenaza directa. A partir de ese momento, el Medio Oriente se convirtió cada vez más en una disputa entre el Irán chií y los gobiernos árabes suníes.

Irán comenzó a apoyar a movimientos y milicias chiitas en toda la región, incluyendo a Jizbolá en el Líbano, las milicias chiitas en Irak, el régimen de Assad en Siria y los hutíes en Yemen. Irán también ha apoyado a Hamás —a pesar de ser suníes— debido a la hostilidad compartida hacia Israel y Estados Unidos.

Arabia Saudita y otros Estados suníes respondieron apoyando a gobiernos y movimientos suníes opuestos a Irán, dando lugar así a una serie de guerras subsidiarias en todo Medio Oriente.

Irak, Siria y el auge del ISIS

La guerra entre Irán e Irak de 1980-1988 es uno de los primeros ejemplos de esta rivalidad. Saddam Hussein, un gobernante suní al frente de un Irak de mayoría chiita, temía que la revolución iraní inspirara a los chiíes iraquíes. Mientras las hostilidades arreciaban, Arabia Saudita y otros Estados suníes respaldaron a Irak contra Irán, aumentando así las tensiones sectarias.

Tras la invasión estadounidense de Irak en 2003, que derrocó a Hussein, la mayoría chiita de Irak ascendió al poder. Irán ganó influencia rápidamente al apoyar a las milicias chiitas. Muchos sunitas temieron ser marginados y recurrieron a grupos insurgentes y extremistas. En 2006, el atentado contra una mezquita chiita desencadenó una ola de asesinatos sectarios, dividiendo barrios enteros entre sunitas y chiitas.

De este caos surgió ISIS, un movimiento suní radical que consideraba a los chiíes como herejes. ISIS masacró a civiles chiíes, destruyó santuarios con el objetivo de eliminar la influencia chií en Irak y Siria. En respuesta, Irán armó y financió a milicias chiíes para combatir a ISIS.

Siria se convirtió en otro campo de batalla sectario tras el levantamiento de 2011 contra el presidente Bashar al-Assad. Assad pertenece a los alauitas —una secta chiita—, mientras que la mayoría de los sirios son suníes. Irán y Jizbolá apoyaron a Assad, mientras que Arabia Saudita, Catar y Turquía respaldaron a los grupos rebeldes suníes. Lo que comenzó como una guerra civil pronto se transformó en una guerra subsidiaria entre las potencias suníes y chiitas.

Más allá de Irán y Arabia Saudita

La división entre suníes y chiíes también ha moldeado a otros países. En el Líbano, Jizbolá se ha convertido en el representante más poderoso de Irán y en una fuerza dominante en el país. Muchos musulmanes suníes perciben a Jizbolá tanto como una fuerza antiisraelí como una fuerza chií que amenaza la influencia suní.

En Yemen, los hutíes —un movimiento chiita vinculado a Irán— tomaron gran parte del país en 2014. Arabia Saudita respondió liderando una coalición sunita en su contra.

Las tensiones entre ambas sectas no se limitan al Medio Oriente. En los países occidentales, las comunidades de inmigrantes musulmanes a veces se dividen según las líneas suníes y chiíes, ya sea en manifestaciones, mezquitas u organizaciones estudiantiles.

Al mismo tiempo, es importante no simplificar en exceso. A menudo, suníes y chiíes han convivido pacíficamente, contrayendo matrimonio entre ellos y adorando juntos. Muchos conflictos en Medio Oriente están impulsados tanto por la política, el poder y la etnia como por la religión.

Por qué es importante hoy

El reciente conflicto que involucra a Irán, Israel, Estados Unidos y varios estados árabes no se puede entender simplemente como ”Israel contra el mundo musulmán”. Bajo la superficie subyace otro conflicto más profundo: los gobiernos árabes suníes perciben cada vez más al Irán chií como una amenaza mayor que Israel.

El respaldo de Irán a Jizbolá, las milicias chiíes, los hutíes y el régimen de Assad ha alarmado a Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Jordania. Como resultado, estos estados de liderazgo suní se han acercado discretamente a Israel y a Estados Unidos.

Las recientes amenazas y por parte de Irán contra los estados árabes suníes no han hecho más que acelerar esta tendencia. En lugar de unir al mundo árabe contra Israel, las acciones de Irán han empujado a muchos gobiernos suníes a estrechar aún más su cooperación con Israel y Estados Unidos.

La división entre suníes y chiíes no es, por tanto, una mera disputa teológica ancestral. Sigue siendo una de las fuerzas más poderosas que configuran las alianzas, las rivalidades y los conflictos en el Medio Oriente moderno.

Traducido por Robin Orack – Voluntaria en Puentes para la Paz

Revisado por Ara Sainz – Voluntaria en Puentes para la Paz

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