Revista desde Jerusalén

La ideología detrás de la guerra

Por Ilse Strauss

Existe una palabra en persa que no se traduce con facilidad: Mahdi. “El Oculto”. El redentor esperado del islam chiita radical, cuyo regreso al final de la historia dará paso a un reinado global de justicia islámica. Pero la espera de su retorno no es una espera pasiva. Aquellos que lo aguardan deben preparar el escenario de manera activa, moldeando el mundo hasta conseguir unas condiciones que atraigan al Mahdi. Y esa transformación, según la ideología que rige a la República Islámica de Irán desde 1979, requiere la eliminación de un obstáculo en particular: Israel.

Antes de descartar esta idea como una teología fanática y marginal, debemos considerar que los hombres que sostienen esta creencia la proclaman desde los más altos cargos del poder estatal. Han dedicado cuatro décadas y miles de millones de dólares para convertir estas creencias en estrategia militar. Sus frutos son claramente visibles a día de hoy: desde los Altos del Golán hasta el mar Rojo; desde las ruinas de Gaza hasta las baterías de misiles del sur del Líbano.

Operación “León Rugiente”. Operación “Furia Épica”. Operación “Promesa Verdadera”. Independientemente de cómo llamemos al conflicto entre Israel y Estados Unidos contra el régimen iraní, la realidad es que no se trata de una guerra por el territorio o el dominio, sino de una cosmovisión.

De la boca del caballo

Los líderes de la República Islámica nunca han ocultado sus intenciones. Han expuesto sus objetivos de manera clara, reiterada y públicamente.

Jomeini, el arquitecto de la revolución, llamó a Israel el “Pequeño Satán” y a Estados Unidos el “Gran Satán”. Estos calificativos no eran meros insultos; más bien, servían como una hoja de ruta. “Israel debe ser desarraigado y aniquilado”, declaró.

Su sucesor, el líder supremo Ali Jamenei, fue igualmente inequívoco: “Israel es un tumor canceroso que debe ser erradicado”. En 2020, publicó un libro en el que esbozaba un plan de nueve pasos para eliminar a Israel, argumentando que el Estado judío “no tiene otra cura que ser aniquilado”.

Luego apareció Mahmoud Ahmadinejad en la conferencia de 2005 ‘Un mundo sin sionismo’, declarando que Israel “debe ser borrado del mapa”.

El mundo, en su mayoría, lo tomó como mera fanfarronería. Sin embargo, no se trata de los desvaríos de extremistas aislados, sino de las declaraciones del gobierno de un estado con aspiraciones nucleares que controla la mayor red de fuerzas interpuestas en el Medio Oriente. Es más, la historia le ha enseñado a Israel que, cuando alguien jura aniquilarte, lo mejor es tomárselo en serio.

Los proxis como instrumentos de la profecía

Irán no se limitó a promover una ideología; sino que construyó un ejército para ponerla en práctica.

A lo largo de más de cuatro décadas, Teherán construyó y financió el “Eje de la Resistencia”, una red de milicias y aliados —o el autoproclamado “Anillo de Fuego”— posicionada alrededor de las fronteras de Israel; cada uno de ellos financiado, armado, entrenado o subordinado al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán: Hamás en Gaza, Jizbolá en el Líbano, milicias en Irak y Siria, y los hutíes en Yemen. Cinco frentes. Un arquitecto. Un objetivo.

Jizbolá fue la primera creación de Irán; nacido en 1982, recibió un mandato que nunca resultó ambiguo: servir a la revolución, desangrar a Israel y preparar el terreno. Antes del 7 de octubre, ostentaba un arsenal de hasta 150,000 cohetes, el mayor arsenal de cualquier actor no estatal en la historia. En el caso de Hamás fue diferente. Si bien es cierto que Irán no es el origen de este grupo terrorista, fue Teherán quien lo nutrió, lo financió y lo transformó, fortaleciendo su ideología, modernizando su armamento y reorientando sus ambiciones.

Al final, el 7 de octubre no se trataba de un levantamiento palestino al servicio de objetivos palestinos. Fue un asalto patrocinado por Irán, planificado con la bendición iraní y ejecutado por combatientes entrenados por Irán que utilizaron armamento iraní. Esto iba más allá de una simple aspiración. Se trataba de una búsqueda activa, sostenida durante décadas, en la que cada dólar, cada cohete y cada campo de entrenamiento se dirigían hacia un objetivo singular: la eliminación del estado judío como el acto inaugural de un drama que culmina con la dominación islámica global.

La primera ficha de dominó

En la escatología chiita radical, el retorno del Mahdi no es un acontecimiento pasivo. El mundo debe ser llevado a un punto de inflexión de caos y guerra santa. Y la derrota de Israel constituye un requisito previo, un desencadenante teológico: la primera ficha de dominó en una secuencia que culmina con el sometimiento del mundo entero bajo el estandarte del islam extremista.

Esta es la razón por la que Irán no negocia de buena fe. Esta es la razón por la que las iniciativas diplomáticas no han producido resultados duraderos. Esta es la razón por la que el régimen acepta el sufrimiento de su propio pueblo sin inmutarse. El sufrimiento, en esta cosmovisión, no es —al fin y al cabo— un costo que deba minimizarse, sino una señal de que la hora señalada está cerca. No hay temor a la guerra. Es, en el sentido más literal, sagrada. Y se han estado preparando para ello desde mucho antes de que la mayoría de nosotros empezáramos a prestar atención.

Por eso la pregunta: “¿Por qué no optar simplemente por la paz?” parte de una comprensión errónea de la decisión que está realmente sobre la mesa. Cuando el objetivo declarado de nuestro enemigo es nuestra aniquilación, la paz no es una de las opciones disponibles. La elección está entre la guerra ahora, en nuestros propios términos, o la guerra más tarde, en los suyos.

 (Crédito: Chloe Kaltoum/Puentes para la Paz)

Pero hay más

Los propios líderes de Irán nos lo han dicho: Israel es el Pequeño Satán, no el Grande. El Pequeño Satán caerá primero. Luego le seguirá el Gran Satán: el Occidente, los Estados Unidos, el mundo cristiano, incluyéndonos a nosotros. El “Eje de la Resistencia” ya ha puesto a prueba su alcance más allá de la Tierra Prometida. Los misiles hutíes perturban el transporte marítimo mundial. Las redes vinculadas a Irán operan en toda Europa, Sudamérica y África Occidental. Cuando el régimen habla de la “erradicación de la civilización occidental” y del “dominio global de la justicia islámica”, no está fanfarroneando; está articulando, con convicción teológica, la guerra que cree estar librando ya. En su cosmovisión, los cristianos no somos meros espectadores; somos el siguiente obstáculo.

Israel se sitúa en la primera línea de un conflicto cuyo radio de impacto, si no se frena, nos alcanzará a todos. A toda sociedad libre. A toda iglesia abierta. A toda nación que aún se rige por los valores de la tradición judeocristiana.

Aquí se mantiene la línea

En marzo, conocí a una mujer en Dimona. Horas antes, un misil iraní había arrasado su apartamento. “Estamos tan cansados de la guerra”, me dijo. ”Y, precisamente porque estamos cansados, necesitamos terminar esta guerra con fuerza, asegurándonos de que nuestro enemigo no pueda regresar e intentar aniquilarnos de nuevo”.

Ella no pedía venganza. Simplemente estaba expresando, con una claridad nacida del agotamiento, la lógica que la ideología de Irán convierte en inevitable. O se lleva hasta el final con determinación, o tendremos que enfrentarnos a ello de nuevo; pero esta vez será más fuerte, más voraz y más convencido que nunca de que Dios está de su lado.

Israel no está luchando únicamente por su pueblo. Y no debemos permanecer como meros espectadores, observando desde la distancia como si el resultado no tuviera nada que ver con nosotros.

Traducido por Robin Orack – Voluntaria en Puentes para la Paz

Revisado por Ara Sainz – Voluntaria en Puentes para la Paz

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