La Nakba: ¿catástrofe o cálculo?

LA PALABRA ÁRABE ES NAKBA. Catástrofe. Es el término que el mundo árabe utiliza para describir el desplazamiento de los árabes durante la Guerra de Independencia de Israel en 1948. Y se ha convertido en una de las armas más poderosas del arsenal de quienes buscan deslegitimar al estado judío.
Pero vale la pena preguntarse: ¿Es la nakba la tragedia que afirman sus artífices? ¿O es un agravio fabricado, preservado y utilizado como arma para servir a una agenda política?
¿Quiénes eran los palestinos?
Los árabes —los antepasados de los palestinos— llegaron a la Tierra Prometida como… espera un momento… colonizadores. En 638 d. C., seis años después de la muerte de Mahoma, los ejércitos árabes invadieron la región y la incorporaron al Imperio árabe-musulmán. A partir de entonces se sucedieron durante siglos distintos imperios que se disputaron el control del territorio hasta que el Imperio otomano fue derrotado en la Primera Guerra Mundial. Durante todo ese periodo, “Palestina” era una vaga descripción geográfica, no una identidad política.
Esta falta de identidad nacional no era exclusiva de la población local, sino una característica generalizada del mundo árabe, donde el concepto moderno de “estado-nación” no era popular en aquel entonces. En su lugar, las personas se identificaban primero por su religión y luego, a nivel local, como miembros de una familia, clan o tribu.

Cuando los británicos heredaron el territorio tras el colapso del Imperio Otomano, resucitaron el nombre de Palestina, otorgándoselo por primera vez en la historia a una entidad administrativa definida. Irónicamente, el nombre tenía raíces romanas, no árabes.
Tras una revuelta judía contra los romanos en el año 135 d. C., César Adriano se propuso desjudaizar la Tierra Prometida, despojándola de su nombre bíblico y borrando su identidad judía. Judea se convirtió en Siria Palestina, en una humillante alusión a los archienemigos bíblicos de Israel: los filisteos.
Palestina, por lo tanto, no era una antigua patria árabe, sino más bien un término despectivo de origen romano que los británicos desenterraron 17 siglos después. Un destacado líder árabe de la época, Auni Bey Abdul-Hadi, lo confirmó involuntariamente ante la Comisión Peel británica de 1937: “¡No existe tal país como Palestina! ¡«Palestina» es un término inventado por los sionistas!”.
De desolación a maravilla
Aunque diversos imperios lucharon por el territorio durante siglos, ninguno lo desarrolló. Siglos de mala gestión por parte de los otomanos habían dejado un paisaje estéril y una población notablemente escasa. Por lo tanto, antes del retorno de los judíos a su tierra, esta no era una floreciente civilización palestina que transmitiera de forma pacífica las tierras ancestrales de sus familias de padres a hijos.
Mark Twain visitó Jerusalén en 1867 y la describió, en una frase célebre, como “una tierra desolada, repulsiva, lúgubre y desalentadora”, de “desiertos deshabitados” y “montículos oxidados de esterilidad”. Se lamentaba de que “apenas hubiera un árbol o un arbusto en ninguna parte”.
Esta desolación no implicaba una ausencia total de población indígena. En lugar de una purga romana total seguida de un repentino regreso tras la Primera Guerra Mundial, la presencia judía se mantuvo constante en la tierra a lo largo de los siglos. A mediados del siglo XIX —mucho antes del sionismo político moderno— los judíos ya constituían la mayoría de la población de Jerusalén. Así lo confirman los registros censales otomanos, los cónsules occidentales y los misioneros cristianos destinados en la ciudad.
Entonces, el pueblo judío comenzó a regresar a su tierra de forma decidida. Compraron tierras legalmente, establecieron comunidades agrícolas, revivieron el idioma hebreo y construyeron ciudades. La tierra que Dios había prometido que “florecería y brotaría,
y llenaría el mundo entero de fruto” (Is 27:6) comenzó a ser una realidad. La prosperidad atrajo a más personas. Cientos de miles de árabes procedentes de las regiones vecinas llegaron en masa como migrantes económicos, atraídos por las oportunidades que estaban creando los pioneros judíos.

Los registros del Mandato Británico muestran que, en las zonas costeras donde el desarrollo judío estaba más concentrado, el crecimiento de la población árabe entre 1922 y 1944 alcanzó el 216% en el distrito de Haifa. En las zonas árabes del interior, ajenas a la inversión judía, el crecimiento se estancó por completo. Esto significa que la población que posteriormente alegaría haber sufrido la nakba era, en cierta medida, una población recién llegada que había seguido la prosperidad judía hasta la costa.
Lo que sucedió realmente en 1948
Cuando se adoptó el Plan de Partición de la ONU en 1947, los líderes judíos lo aceptaron. La Liga Árabe lo rechazó y lanzó una guerra de exterminio y una masacre sin precedentes.
Pero hay un detalle crucial: la Liga Árabe nunca tuvo la intención de crear un Estado palestino. Las tierras de las que pretendían expulsar a los judíos, se repartirían simplemente entre Egipto, Siria, Transjordania y Líbano. La creación de una nación palestina no figuraba en el plan porque, en aquel momento, no existía tal nación.
Cuando comenzaron los combates, los civiles árabes huyeron. Algunos se marcharon voluntariamente, pero los registros históricos demuestran que muchos más huyeron porque sus propios líderes se lo ordenaron. El periódico, el Economist, informó que el factor más determinante para la huida de los árabes de Haifa fueron los anuncios emitidos por la Alta Dirección Árabe, instándolos a marcharse. Posteriormente, el primer ministro sirio, Haled al-Azm, admitió en sus memorias de posguerra: “Desde 1948 hemos exigido el regreso de los refugiados a sus hogares. Pero fuimos nosotros mismos quienes los animamos a marcharse”.
La Declaración de Independencia de Israel exhortó a los residentes árabes a quedarse y construir el país juntos como ciudadanos plenos e iguales. Alrededor de 160,000 respondieron a ese llamamiento. Sus descendientes son los más de dos millones de ciudadanos árabes que viven a día de hoy en Israel con derechos plenos y en igualdad de condiciones.
Los refugiados que nadie menciona
Durante ese mismo período, aproximadamente 850,000 judíos fueron expulsados de países árabes del Medio Oriente y el norte de África, despojados de su ciudadanía y sus propiedades. Esta hostilidad no fue una reacción repentina al renacimiento de Israel. La narrativa de que judíos y árabes vivían en perfecta y pacífica armonía antes de 1948 es otra ficción conveniente. Durante siglos, los judíos sufrieron discriminación sistémica, un estatus de ciudadanos de segunda clase y pogromos violentos periódicos en todo el mundo musulmán durante siglos.
Israel acogió a estos refugiados mientras luchaba por su supervivencia bajo una severa austeridad económica, sin recibir ninguna compensación de los estados árabes que confiscaron sus propiedades. El mundo árabe, en cambio, optó por utilizar a los refugiados palestinos como peones políticos permanentes, manteniéndolos marginados en campamentos en lugar de integrarlos, preservando su resentimiento como arma política. Hoy, los palestinos son la única población de refugiados en el mundo que cuenta con una agencia específica de la ONU y un estatus de refugiado hereditario que se transmite de generación en generación.
¿Catástrofe o cálculo?
¿Es trágico que cientos de miles de árabes fueran desplazados en 1948? Sí. ¿Es Israel una nación perfecta e impecable? Por supuesto que no. Ningún país ni pueblo lo es. En medio de la confusión de una guerra por la supervivencia, se cometieron errores. Pero el desplazamiento es también la consecuencia universal de la guerra, una guerra que, en este caso, los árabes iniciaron con el objetivo declarado de aniquilar a los judíos.
La nakba es real en el sentido de que muchas vidas quedaron destrozadas. Pero la forma en que se presenta a día de hoy —como una prueba de la agresión judía contra una nación palestina antigua y arraigada— es un mito. Los líderes árabes ordenaron la huida y después pasaron siete décadas impidiendo la recuperación. Esta catástrofe no fue obra de Israel; fue un legado que el mundo árabe dejó a su propio pueblo.
Traducido por Robin Orack – Voluntaria en Puentes para la Paz
Revisado por Ara Sainz – Voluntaria en Puentes para la Paz
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