Revista desde Jerusalén

Dos judíos, tres opiniones: desmantelando el monolito antisemita

Por Kate Norman

EN UNA ÉPOCA DE CRECIENTE ANTISEMITISMO y de odio hacia Israel, ya sea abierto u oculto, hay una frase que casi siempre lo delata: “Los judíos esto” o “los judíos aquello”. Pronunciadas con un tono venenoso particular, como si la palabra “judío” fuera una maldición, estas acusaciones generalizadas pintan a todo un pueblo como un colectivo unificado y siniestro que conspira para controlar el mundo y promover sus propios intereses. Reducen al pueblo judío —apenas el 2% de la población mundial— a un villano de caricatura sacado directamente de la época nazi.

Para cualquiera que haya pasado tiempo en el mundo judío, la imagen resulta casi ridícula. La idea de que todo el pueblo judío actúe con una uniformidad perfecta y coordinada choca frontalmente con todo aquellos que caracteriza a la cultura judía actual.

Población judía mundial (Crédito: Sarah Flanagan/Puentes para la Paz).

Una cultura del cuestionamiento

Existe un conocido proverbio judío que resume la esencia del asunto: “Dos judíos, tres opinions”. No se trata simplemente de una broma, sino de una ventana al alma judía.

Este dicho tiene sus raíces en la tradición judía del estudio de la Torá (Gn-Dt), basada en el debate respetuoso, las preguntas incisivas y la búsqueda de una verdad más profunda a través del diálogo. Esto se refleja en el concepto hebreo de Makhloket l’shem Shamayim, o “discusión por el bien del cielo”. Dicha tradición dio origen al Talmud, el vasto compendio de comentarios y debates rabínicos sobre las Escrituras y la ley judía. Y, en perfecta consonancia con el proverbio, no existe una, sino dos versiones del Talmud.

El pensamiento independiente, el desacuerdo constructivo y la libertad de cuestionar son características fundamentales de la vida judía. Este espíritu de debate sagrado está profundamente arraigado en la historia judía. El propio Moisés desafió a Dios en repetidas ocasiones, cuestionando su llamado, intercediendo por su pueblo y negociando en su favor (Éx 3:11; 4:10; 32:30-32; Núm 11). Y cuando Jesús (Yeshúa) caminó sobre la tierra, su ministerio estuvo marcado por un constante debate teológico y un intercambio de preguntas con los líderes religiosos de su época.

(Crédito: McCoy Brown, Chloe Kaltoum, Hannah Taylor, Robyn Hill, Mary Riley/Puentes para la Paz).

Un tapiz, no un monolito

Entonces, ¿quiénes son exactamente “los judíos” que, según los antisemitas, controlan el mundo?

Actualmente hay aproximadamente 15.7 millones de judíos en el mundo, apenas el 2% de la población mundial.

Leah Grisham, en un artículo para la revista judía Lilith, lo expresó claramente: “Los judíos no son un grupo homogéneo, sino que son, de hecho, un grupo muy diverso cuyos miembros representan todos los ámbitos de la vida y tienen experiencias únicas que nos brindan diferentes perspectivas”.

Esa diversidad es étnica, cultural y religiosa a la vez. Desde su antigua dispersión de la Tierra de Israel, las comunidades judías de todo el mundo han mantenido su fe, cultura e identidad compartidas, integrando al mismo tiempo las tradiciones de las civilizaciones que las rodean. El resultado es un rico tapiz de tradiciones.

Los tres principales grupos étnicos reflejan este recorrido histórico. Los judíos asquenazíes descienden de comunidades de Alemania, Francia y Europa del Este. Los judíos mizrajíes remontan sus raíces a Medio Oriente y el norte de África, comunidades que nunca se alejaron de su antigua patria. Los judíos sefardíes descienden de aquellos expulsados de España durante la época de la Inquisición, que volvieron a asentarse en el sur de Europa, el norte de África y el Mediterráneo. Cada comunidad posee sus propias costumbres, melodías litúrgicas, gastronomía y memoria cultural.

En el plano religioso, el espectro judío abarca desde judíos seculares y ateos que se identifican culturalmente pero no teológicamente, hasta los ultraortodoxos, para quienes cada momento de su vida está regido por la halajá (ley judía), pasando por todos los matices de observancia conservadora, reformista y tradicional intermedias. Si bien un israelí secular nacido en Tel Aviv y un inmigrante ortodoxo de Francia están conectados por su historia y valores judíos compartidos, tendrían visiones del mundo, opiniones y creencias muy diferentes.

(Crédito: McCoy Brown, Chloe Kaltoum, Hannah Taylor, Robyn Hill, Mary Riley/Puentes para la Paz).

Un gobierno que apenas se pone de acuerdo sobre el almuerzo

Si el pueblo judío funcionara realmente como un bloque de poder global monolítico, cabría esperar que su gobierno reflejara esa unidad. Sin embargo, la política israelí revela una realidad completamente distinta.

Israel es una democracia parlamentaria cuyo Knéset (Parlamento), compuesto por 120 escaños, está gobernado actualmente por una coalición de seis partidos/bloques políticos: el partido de derecha Likud, liderado por el primer ministro Benjamin Netanyahu; la alianza ultraortodoxa Shas y Judaísmo Unido de la Torá; el Partido Sionista Religioso; el partido ultranacionalista Otzma Yehudit; y el partido de centroderecha Nueva Esperanza. La oposición es igualmente extensa e incluye partidos centristas, laicos, socialdemócratas, así como partidos árabes e islámicos.

La coalición debe esforzarse por mantenerse unida, y a menudo fracasa. El Instituto Israelí para la Democracia informó en 2021 que Israel ha celebrado elecciones, en promedio, cada 2.3 años desde 1996. Solo entre 2019 y 2021, el país acudió a las urnas cuatro veces en menos de dos años, debido al colapso de las coaliciones por sus propios desacuerdos. De hecho, la coalición actual se encuentra ahora en un nuevo punto muerto por un proyecto de ley y se prevé que convoque elecciones anticipadas en septiembre u octubre de este año.

Esto no es la maquinaria de un pueblo que planea dominar el mundo. Es la hermosa y exasperante realidad de una sociedad profundamente democrática y con opiniones firmes que no siempre logra ponerse de acuerdo ni siquiera entre sí.

El peligro de la generalización excesiva

La acusación antisemita de que “los judíos hacen esto” y “es por culpa de los judíos” exige borrar todo esto. Implica simplificar siglos de historia, disolver la diversidad étnica, silenciar el debate religioso y pretender que 15.7 millones de personas dispersas por todos los continentes operan como una sola entidad coordinada. Es una falsedad objetiva y una distorsión deliberada. Reconocerla por lo que es sigue siendo una de las herramientas más importantes que tenemos en la lucha contra el odio.

La próxima vez que alguien recurra a esa generalización simplista, recuerda el proverbio: “Dos judíos, tres opinions”. El laico de Tel Aviv y el inmigrante ortodoxo de Francia no están trabajando juntos entre bastidores para dirigir los bancos ni el mundo.

Traducido por Robin Orack – Voluntaria en Puentes para la Paz

Revisado por Ara Sainz – Voluntaria en Puentes para la Paz

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