Revista desde Jerusalén

La Flotilla y la ficción

Por Ilse Strauss

A FINALES DE ABRIL, una flotilla de barcos zarpó hacia Gaza. Los comunicados oficiales de la Flotilla Global Sumud y grupos afiliados describían la misión como urgente y noble: llevar ayuda a un pueblo desesperado y asediado. Los medios internacionales la reportaron simplemente como una flotilla de ayuda humanitaria.

Para el 19 de mayo, las fuerzas israelíes habían interceptado todas las embarcaciones. Los participantes fueron detenidos, procesados y deportados. Entonces, las redes sociales estallaron. Los activistas lloraron abiertamente, lamentando que las acciones de Israel hubieran privado a los niños que sufrían de la ayuda esencial que necesitaban desesperadamente, la misma ayuda que los miembros de la flotilla estaban entregando desinteresadamente a las costas de Gaza.

Las imágenes estaban cuidadosamente compuestas, el lenguaje deliberadamente devastador y la narrativa perfectamente diseñada para lograr el máximo impacto emocional. Pero la historia tenía fisuras. Y algunos de los propios organizadores fueron quienes las dejaron al descubierto.

Armas encontradas en la flotilla Mavi Marmara en 2010. (Crédito: Mavi Marmara/Flickr.com).

En un video publicado por el Movimiento Juvenil Palestino de Nueva York, Rosa Martínez, una de las organizadoras de la flotilla, explicó que describirla como “una especie de misión de ayuda humanitarian” era “simplificar demasiado la realidad… lo que estamos hacienda”. Reconoció que había ayuda a bordo, pero señaló que objetivo más importante era confrontar directamente el bloqueo israelí.

Después, cuando las autoridades israelíes abordaron las embarcaciones y se publicaron las imágenes que mostraban que los barcos transportaban prácticamente nada, la cuenta oficial de la Flotilla Global Sumud publicó: “Romper el bloqueo a Gaza no se trataba de ayuda humanitaria. ¡Se trataba de romper el bloqueo a Gaza!

Quizás esta sea la declaración más honesta que haya hecho el movimiento de la flotilla.

Una historia de teatro político

Este no fue el primer viaje de este tipo, ni será el último. La iniciativa de la flotilla se remonta a 2008, cuando el Movimiento Gaza Libre organizó las primeras embarcaciones civiles con destino a la Franja.

En 2010, el incidente del Mavi Marmara convirtió una acción política propagandística en una crisis internacional cuando comandos israelíes abordaron una embarcación turca, y se produjeron violentos enfrentamientos, causando la muerte de diez activistas. El mundo reaccionó con indignación e Israel tuvo que asumir las consecuencias diplomáticas.

Entre 2011 y 2018, una sucesión de varias flotillas zarpó bajo diferentes nombres. La mayoría sufrieron retrasos, fueron obligadas a regresar o interceptadas antes de llegar a Gaza. Ninguna logró establecer un corredor marítimo.

Después de que la masacre del 7 de octubre desencadenara una guerra brutal, estas misiones se intensificaron. La iniciativa de 2026 reunió a unos 60 barcos y casi 600 activistas de 40 países en dos oleadas. Para el 19 de mayo, todo había terminado y los activistas emprendían el regreso a casa. Muchos llegaron al aeropuerto de Estambul, donde los esperaban multitudes, mientras las cámaras grababan y ellos alzaban los puños.

Fue, en todos los sentidos, una puesta en escena.

¿Y dónde está la ayuda?

Si el objetivo de la misión era llevar ayuda a familias necesitadas, la pregunta obvia es por qué los barcos llevaban casi nada. Incluso Al Jazeera informó que solo había cantidades simbólicas de suministros a bordo.

El propio sitio web de la Coalición Flotilla de la Libertad afirma explícitamente que “no es una organización de ayuda”, y, sin embargo, recauda donativos del público. Según las declaraciones financieras de la coalición, aproximadamente el 92% de los gastos de la misión de 2026 se destinaron a costos náuticos y operativos: barcos, combustible, equipo de seguridad, capacitación y esfuerzos de reclutamiento global.

Un hombre sostiene un cartel en el que se refiere a los participantes detenidos como «secuestrados». (Crédito de la foto: A Duan/Shutterstock.com)

Si el objetivo fuera realmente humanitario, existen rutas terrestres establecidas específicamente para transportar suministros a Gaza. Esas rutas, aunque imperfectas, sí hacen llegar bienes a la población civil. Navegar hacia una zona sometida a un bloqueo no proporciona ningún suministro a su población, aunque sí provoca un enfrentamiento, genera imágenes y crea una narrativa. Pero, claro, ese es precisamente el objetivo para el que la flotilla fue diseñada.

¿Por qué existe el bloqueo?

Tanto Israel como Egipto impusieron el bloqueo de Gaza tras la toma violenta de la Franja por parte de Hamás en 2007 para impedir el contrabando de armas, explosivos y tecnología militar destinados a Hamás y otras organizaciones terroristas. Ambos países tomaron esta decisión basándose en pruebas irrefutables sobre el uso que se estaba haciendo de las fronteras abiertas.

En 2002, comandos israelíes interceptaron en el Mar Rojo el Karine A, un barco que llevaba escondidos a bordo 50 toneladas de cohetes Katyusha, granadas propulsadas por cohetes, morteros y armas antitanques, con destino a Gaza bajo bandera palestina y financiados por Irán.

En 2009, el Victory 5 fue sorprendido transportando miras de francotirador y armas antitanques para la Yihad Islámica Palestina. Ocho meses después, el Francop fue interceptado frente a Chipre llevando a bordo otras cincuenta toneladas de cohetes iraníes escondidos en contenedores de transporte.

En 2011, el Informe Palmer de la ONU concluyó que Israel enfrentaba una verdadera amenaza a la seguridad y que el bloqueo era una medida de seguridad legítima según el derecho internacional. Desgraciadamente, esta conclusión ha sido confirmada con el paso del tiempo.

La masacre del 7 de octubre fue el resultado de años de acumulación de armas: lanzagranadas, granadas, drones y explosivos, introducidos a través de túneles, camiones y rutas marítimas. Por catastrófico que fuera el ataque, podría haber sido mucho peor. Hamás no posee tecnología armamentística avanzada, no porque no lo haya intentado, sino simplemente debido al bloqueo.

Los líderes de Hamás, respaldados por Irán, han prometido repetir el ataque del 7 de octubre en cuanto tengan la oportunidad. No es una amenaza vacía. Ya han demostrado de lo que son capaces cuando disponen de los medios. Devolver esos medios a quienes ya han hecho uso de ellos, y que además han prometido volver a hacerlo, es un suicidio nacional.

El lenguaje del victimismo

Cuando las fuerzas israelíes abordaron la flotilla en mayo, los participantes se describieron inmediatamente como “secuestrados”, “rastreados” y “retenidos como rehenes”.

Utilizar este lenguaje tras el 7 de octubre, cuando hombres, mujeres y niños israelíes fueron arrastrados a Gaza —torturados, sometidos a inanición, asesinados y retenidos bajo tierra durante meses— constituye una apropiación calculada del horror al servicio de una maniobra política. La detención temporal y la deportación durante la aplicación de un bloqueo legalmente reconocido no son en absoluto comparables a lo que hizo Hamás en los túneles subterráneos de Gaza.

Además, las imágenes difundidas por las autoridades israelíes mostraban a los detenidos sonriendo, grabándose a sí mismos e interactuando con naturalidad a bordo de las embarcaciones israelíes. Esto contrastaba con las afirmaciones más extremas que circulaban en internet.

En resumen, los activistas se dirigían hacia una confrontación que habían previsto, y que les brindó exactamente lo que buscaban: imágenes impactantes, indignación y una narrativa que presentaba a Israel como el villano.

De qué trata esto realmente

Israel no es un país perfecto. Ningún país lo es. Las personas razonables pueden estar en desacuerdo con algunas políticas israelíes específicas, y de hecho, lo están. Esas son conversaciones legítimas que merecen un compromiso honesto.

Pero el movimiento de la flotilla no está interesado en ningún compromiso honesto. No está interesado en la entrega de ayuda, porque si lo estuviera, los barcos llevarían ayuda en lugar de cámaras. No está interesado en el bienestar palestino, porque si lo estuviera, sus organizadores presionarían a Hamás para que dejara de utilizar a civiles como escudos humanos y depusieran las armas. No le interesa la paz, porque la paz pondría fin a la confrontación de la que depende.

Los activistas de la flotilla están interesados en una sola cosa: el teatro de deslegitimar a Israel, en el que ellos mismos asumen el papel principal como salvadores altruistas que reciben una gran ovación de una audiencia mundial. Las flotillas nunca fueron un salvavidas ofrecido al pueblo de Gaza. Era una lente, apuntada a Israel, que enmarcaba una historia que se decidió mucho antes de que los barcos zarparan del puerto.

Traducido por Robin Orack – Voluntaria en Puentes para la Paz

Revisado por Ara Sainz – Voluntaria en Puentes para la Paz

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