Puentes para la Paz en acción

La bienvenida que nunca esperaron

Hay una historia que a Tatiana Mazarsky, miembro destacada de la Knéset [el Parlamento] de Israel, le encanta contar. No es una historia sobre legislación, elecciones ni los feroces debates que ocupan la vida de una parlamentaria. Es una historia sobre un juego de ollas y sartenes.

En 1992, Tatiana, de 17 años, abandonó sola la antigua Unión Soviética, sin el apoyo de una familia que la acompañara o la esperara al otro lado. Eligió regresar a casa, a la Tierra de sus antepasados: Israel.

Cuando ella llegó, Puentes para la Paz estaba allí. Nuestro equipo le entregó un regalo de parte de los cristianos de todo el mundo: utensilios de cocina y un juego de ollas y sartenes para darle la bienvenida a su nueva patria y ayudarla en sus primeros pasos hacia la creación de su propio hogar.

Eso fue hace 33 años. Hoy, esas ollas y sartenes siguen ocupando un lugar de honor en la cocina de la MK [miembro de la Knéset] Mazarsky. Quizás te preguntes por qué. Sin duda, en estas tres décadas ha habido utensilios de cocina mejores en el mercado. Y por supuesto que un miembro electo del parlamento de Israel podría haber reemplazado ya un juego de utensilios de cocina tan desgastado.

Creemos que la respuesta va mucho más allá de la mera funcionalidad de estos utensilios. Para Tatiana, aquellas ollas y sartenes son la prueba de que, cuando una joven de diecisiete años se encontraba en un lugar totalmente desconocido, no era invisible. Son la evidencia de que su elección —aterradora, trascendental e irreversible— tenía peso; de que los cristianos del otro lado del mundo supieron ver lo que estaba haciendo, comprendiendo su significado eterno y de que sin necesidad de usar las palabras le decían: «Estamos contigo».

Eso es algo que no se puede reemplazar.

(Crédito: Cortesía de Keren HaYesod)

Escrito en los Profetas

Lo que le ocurrió a Tatiana a los diecisiete años, Dios lo ha estado anunciando desde hace miles de años.. Los profetas hebreos repiten esta promesa de reagrupación del pueblo judío en su antigua patria decenas de veces a lo largo de las Escrituras. Dios declaró por medio de Isaías: «No temas, porque Yo estoy contigo; del oriente traeré tu descendencia, y del occidente te reuniré» (43:5). Por medio de Jeremías, Él prometió que llegaría el día en que Israel sería recordado no por el Éxodo de Egipto, sino por un segundo y mayor reagrupamiento proveniente de todas las naciones de la tierra (16:14–15). A través de Ezequiel, Dios habló con total claridad: «Porque los tomaré de las naciones, los recogeré de todas las tierras y los llevaré a su propia tierra» (36:24).

Nosotros somos la generación que está siendo testigo de cómo esas palabras se están haciendo realidad. Las antiguas promesas a los profetas no son historia; son las noticias de hoy. Resulta asombroso —si nos permitimos sentir todo el peso de estas palabras— darnos cuenta de que estamos llamados a desempeñar un papel fundamental en el cumplimiento de esta promesa de su regreso a casa.

Y, sin embargo, los propósitos de Dios no hacen fácil el camino. De hecho, por experiencia propia sabemos que, a menudo, ocurre lo contrario. Decir “Sí” a Dios rara vez es la opción más cómoda.

 

El verdadero costo de volver a casa

Para aquellos que responden al llamado de hacer aliá (inmigrar a Israel), el costo es real. Los más afortunados dejan atrás la comodidad, la familiaridad y la comunidad. Otros no regresan únicamente por elección propia, sino que se ven obligados a huir tras ser expulsados de sus países de origen por la marea creciente de antisemitismo que ha provocado que la vida de los judíos sea cada vez más insoportable en países como Francia, el Reino Unido, y los antiguos estados soviéticos entre otros lugares. Regresan cargando heridas, desconcertados y atemorizados. Algunos no pueden costearse el transporte hasta el aeropuerto, y mucho menos un vuelo a Israel. Aterrizan sin ahorros, sin empleo, sin saber hebreo y sin una idea clara de lo que les deparará el futuro.

 

(Crédito: Chloe Kaltoum/Puentes para la Paz)

Independientemente de cómo hayan llegado, sabemos que lo hicieron porque Dios dijo que lo harían.  Están cumpliendo las promesas que Él entregó a los profetas. ¿Quién puede negar si estos mismos hombres y mujeres se encontraban entre aquellos que Dios tenía en mente cuando mostró a Isaías y a Jeremías el gran regreso del exilio?

En medio de la incertidumbre de si dejar todo atrás y volver a empezar, las cosas pequeñas cobran un peso enorme. Un juego de mantas para reemplazar las que no cabían en la maleta. Materiales escolares para los niños que aún no saben ni una sola palabra de hebreo. Un ejemplar del Tanaj (Gén-Mal) en su lengua materna. Un juego de ollas y sartenes. Sí, es cierto que son cosas necesarias. Pero nunca se trata solo de algo material.

Cuando nuestro equipo les hace entrega estos regalos de bienvenida —con una presencia serena, cálidas sonrisas y un cuidado genuino—, a menudo vemos cómo las personas que los reciben rompen a llorar. Y, junto con esas lágrimas, surgen las historias. Escuchamos cómo algunos compañeros de clase cristianos acosaron a sus hijos en la escuela por ser judíos; cómo los maestros y directores se encogieron de hombros ante la situación y les decían a sus padres, llenos de preocupación, que buscaran otra escuela. Para muchos de estos nuevos inmigrantes, esa es toda su experiencia con los cristianos: indiferencia, en el mejor de los casos; hostilidad, en el peor.

Estas son las historias que llevan consigo en el avión rumbo a Israel. Y luego, a su llegada —en los primeros pasos de su nueva vida—, su bienvenida proviene precisamente de otros cristianos: personas que los aman, que ven su regreso a casa a través del prisma de las Escrituras y comprenden su significado; personas que representan a los millones de cristianos de todo el mundo que creen en la Biblia y que celebran su regreso al hogar.

¿Puedes imaginar todo lo que esto supone? Un simple regalo compuesto por artículos esenciales para el hogar —que a menudo damos por sentados— puede transformar toda una vida de dolor y desconfianza.

 

Tu papel en esta historia

¿Serás parte de esto? ¿Te unirás a nosotros en ese punto de partida hacia una nueva vida de un inmigrante, para decirles —a través de una cálida manta, un juego de utensilios de cocina, una mochila infantil repleta de útiles escolares y un juego de ollas y sartenes—: «Te vemos, eres bienvenido, estás en casa»? Tu donativo a nuestro fondo ‘Bendice a un Inmigrante’ es mucho más que un apoyo práctico. Es el amor de Dios hecho tangible. Es profecía vivida en una cocina. Es un regalo que —como dice la MK Mazarsky— durará toda la vida.

Con amor y shalom,

Rvdo. Peter J. Fast

Presidente ejecutivo internacional

Traducido por Robin Orack – Voluntaria en Puentes para la Paz

Revisado por Ara Sainz – Voluntaria en Puentes para la Paz

Bendice a un inmigrante

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