Revista desde Jerusalén

El estrecho que detuvo a mil barcos 

Escrito por: Ilse Strauss

HELENA DE TROYA hizo zarpar mil barcos con su belleza. El estrecho de Ormuz los ha frenado con su estrechez.

Veintiún millas náuticas (39 km). Eso es todo lo que separa a Irán de Omán en el punto más angosto de uno de los tramos marítimos más disputados del planeta. Durante gran parte de este año, ese estrecho canal ha logrado lo que ni los misiles ni la mediación pudieron: mantener paralizados a dos de los ejércitos más poderosos del mundo.

A primera vista, el estrecho de Ormuz parece una cuestión secundaria en la verdadera guerra entre Israel, Estados Unidos e Irán. Sin embargo, se ha convertido, en muchos sentidos, en el epicentro del conflicto.

Un paso marítimo que no pertenece a nadie

Todos los petroleros que salen de Kuwait, Irak, Arabia Saudita, Catar o los Emiratos Árabes Unidos [EAU] deben navegar por el estrecho de Ormuz. No existe otra ruta marítima posible. Tanto Irán como Omán reclaman aguas territoriales que se extienden 12 millas náuticas (22.2 km) desde sus costas, lo que significa que todo el estrecho, en su punto más angosto, pertenece técnicamente a uno u otro país.

El derecho internacional establece que estrechos como este deben permanecer abiertos a todos, independientemente de a quién pertenezcan las aguas que atraviesen, protegidos por una norma denominada paso de tránsito. Sin embargo, Irán nunca ha ratificado el tratado que garantiza ese derecho. Omán sí lo ha hecho, aunque con sus propias reservas. El resultado es una zona gris legal que Irán ha explotado sin cesar. No, Irán no es dueño del estrecho de Ormuz, pero la República Islámica ha aprendido que la propiedad y el control son dos cosas distintas cuando se está dispuesto a atacar petroleros y nadie puede detenerlo con la suficiente rapidez como para evitar las consecuencias.

Crédito: GreenOak/Shutterstock.com

No es la mayor parte, pero sí la suficiente

Aproximadamente una cuarta parte del petróleo que se transporta por vía marítima en el mundo y una quinta parte del gas natural licuado pasan por el estrecho de Ormuz. Aunque son cifras significativas, no representan la mayor parte del suministro mundial. Entonces, ¿por qué este estrecho paso marítimo ha provocado una crisis que la Agencia Internacional de Energía ha calificado como la mayor interrupción del suministro en la historia de los mercados petroleros mundiales?

Los mercados energéticos modernos operan con márgenes mínimos. No es necesario extraer todo el petróleo para que los precios se disparen. Basta con eliminar ese colchón, esa capacidad de reserva que mantiene los precios estables cuando algo falla en otro lugar. El estrecho de Ormuz era esa reserva. Cuando cerró a principios de marzo, el crudo Brent superó los 120 dólares por barril en cuestión de días. La enorme terminal de gas de Catar tuvo que anunciar que no podía cumplir con sus contratos. Los productores de petróleo del Golfo comenzaron a perder más de mil millones de dólares diarios.

La última carta de Irán

He aquí la amarga ironía. La guerra que comenzó el 28 de febrero tenía muy poco que ver con Ormuz. El objetivo declarado del presidente estadounidense Donald Trump era eliminar lo que él llamaba amenazas inminentes del régimen iraní: destruir su arsenal de misiles, debilitar su armada y, sobre todo, asegurar que Irán nunca obtuviera un arma nuclear. Un día hablaba de un cambio de régimen, pero al día siguiente lo negaba. Después, mientras el líder supremo de Irán yacía muerto, Trump instó a los iraníes a aprovechar la oportunidad. Ormuz no figuraba por ninguna parte en ese escenario.

El ahora famoso estrecho entró en escena casi como una ocurrencia tardía, como la represalia inmediata de Irán tras los ataques iniciales de Israel y Estados Unidos. Pero en algún momento de los meses siguientes, la causa y el efecto se invirtieron. Los aliados de Irán ya habían sido diezmados. Sus arsenales de misiles eran cráteres humeantes. Su programa nuclear estaba en ruinas. Lo único que le quedaba a Teherán era la geografía… y Teherán la utilizó.

Un régimen que prácticamente no tenía nada más que perder descubrió que una mina marina barata, cuyo costo era una fracción de cualquier arma en el arsenal de Israel o Estados Unidos, aún podría obligar a las compañías navieras de todo el mundo a dar marcha atrás.

El propio discurso de Trump reflejó este cambio. En marzo, restó importancia a la necesidad que tenía Estados Unidos del petróleo que pasa por el estrecho de Ormuz. Incluso llegó a sugerir que Estados Unidos ni siquiera debería estar allí. Pero en abril, ordenó a la Armada estadounidense a dar caza a los buques iraníes encargados de colocar minas. En agosto, publicó que Estados Unidos tenía el control total del

estrecho, que Irán no podía hacer nada al respecto, incluso cuando los ataques iraníes contra petroleros hacían pensar que era demasiado pronto para llegar a esa conclusión.

Crédito: PantheraLeo1359531/Wikimedia.org

Dos formas de medir el coste de la Guerra

Para el resto del mundo, el costo se reflejó en el precio de la gasolina y en las cuentas. Vietnam sufrió escasez de combustible y compras motivadas por el pánico. Se redujeron las previsiones de crecimiento de Gran Bretaña. India vio cómo se disparaba su factura de importación. Estados Unidos redujo sus reservas estratégicas de petróleo a sus niveles más bajos desde 1984.

Sin embargo, podría decirse que la estrategia golpeó con más fuerza a Teherán. La moneda iraní se desplomó por debajo de un millón y medio de riales por dólar. La inflación se disparó hacia las tres cifras. La guerra destruyó más de un millón de empleos iraníes. Los ciudadanos de a pie de Teherán describen cómo sus listas de la compra se reducen semana tras semana: primero desaparece la fruta, luego los lácteos y, finalmente, todo menos lo estrictamente necesario. Los funcionarios iraníes admiten en privado que su mayor temor ya no son los aviones israelíes, sino el pago de los salarios.

Irán tomó como rehén el suministro mundial de petróleo porque calculó que la paciencia del resto del mundo se agotaría antes que la suya. La apuesta parece haberle salido bien, pero el bloqueo que desencadenó se volvió contra el propio país y está estrangulando la misma economía de la que depende para sobrevivir.

¿En qué situación nos deja esto?

Mientras escribo estas líneas, el estrecho de Ormuz se encuentra sumido en un estancamiento prolongado, más que en un conflicto resuelto. El tráfico marítimo se ha recuperado parcialmente, pero sigue estando muy por debajo de lo normal. El alto el fuego de junio se rompió en cuestión de semanas. El bloqueo se suaviza y se endurece al ritmo de la diplomacia. El presidente Trump insiste en que Estados Unidos tiene la ventaja en el estrecho, y, según la mayoría de los indicadores de poderío militar, tiene razón. Sin embargo, Irán aún logra realizar algún ataque ocasional contra un petrolero, un recordatorio de que incluso un régimen gravemente debilitado puede dificultar enormemente la seguridad total de un canal estrecho.

Ninguna de las partes puede mantener esta situación indefinidamente, pero no están consumiendo el mismo combustible. El costo para Estados Unidos se mide en inflación y paciencia política antes de las elecciones de noviembre. El costo para Irán se mide en una moneda en caída libre y en una población que padece hambre.

La belleza de Helena arrastró a los griegos a diez años de guerra en Troya por una mujer a la que jamás podrían poseer por completo. El estrecho de Ormuz ha sumido a dos de las mayores potencias más fuertes del mundo en una guerra por 34 kilómetros de agua que ninguna de ellas posee y que ninguna puede permitirse perder. El régimen iraní apostó a que el mundo se doblegaría ante un punto crítico antes de que su propio pueblo se quebrara. Y, trágicamente, como siempre, su propio pueblo es quien sufre las terribles consecuencias.

Traducido por Robin Orack – Voluntaria en Puentes para la Paz

Revisado por Ara Sainz – Voluntaria en Puentes para la Paz

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