Revista desde Jerusalén

Cuando Israel se equivoca

Escrito por: Ilse Strauss

ÉL HABÍA HECHO SU TRABAJO. Eso quedó claro en los primeros cinco minutos de la entrevista.

Me había dicho que el objetivo era retratar la vida en Israel durante la guerra. En cambio, el periodista llegó con una lista. No se trataba de acusaciones generalizadas, sino de hechos concretos: un incidente aquí, la conducta de un soldado allá, una acusación extraída de una entrevista, una decisión tomada en el fragor de la batalla. Empezó en 1948 y avanzó a través de las guerras y las intifadas, hasta llegar a una única pregunta: "¿Cómo se justifican estas cosas?"

"No lo hago", le respondí simplemente.

Permíteme explicarte. Como cualquier nación, Israel tiene sus triunfos y sus fracasos: momentos oscuros de vergüenza y errores que cualquier país podría igualar. Esperamos que se cometan errores. Y cuando ocurren, esperamos que los gobiernos, los ejércitos y los tribunales no los justifiquen, sino que investiguen, exijan responsabilidades y emitan veredictos. Eso es precisamente lo que hace Israel. Se llevan a cabo investigaciones. Se señalan culpables. Se castiga a los culpables. ¿Pero justificarlo? Jamás.

George Deek – Enviado especial para el Mundo Cristiano (Crédito: Tapdıq Fərhadoğlu/Wikimedia.org).

Errar es humano, escribió Alexander Pope, tomando prestado un proverbio latino mucho más antiguo. Si se dice de cualquier nación, asentimos con la cabeza en señal de comprensión. Por supuesto que los gobiernos se equivocan y los ejércitos calculan mal. Están formados por personas falibles, que realizan un trabajo imposible bajo una presión también imposible, y a veces se equivocan catastróficamente. No nos gusta, pero es cierto; obvio, e incluso redundante.

Entonces, ¿por qué no se aplica lo mismo a Israel?

Una historia de dos estatuas

A menudo me dicen que los judíos escupen a los cristianos en Israel. Soy cristiana. He vivido en el estado judío entre vecinos judíos durante casi nueve años. Saben perfectamente quién soy. Siempre me han recibido con los brazos abiertos.

Sin embargo, estos incidentes son reales. En agosto, seis israelíes judíos escupieron en la entrada de un monasterio en Jerusalén. En abril, un hombre agredió a una monja. Ese mismo mes, un soldado israelí en el sur del Líbano destrozó con un mazo una escultura de Jesús. 

¡Horrible! Y en todos los casos, se procesó a los responsables. Los seis israelíes fueron detenidos en cuestión de horas. El agresor de la monja fue acusado y se enfrenta a una pena doble. El soldado del mazo y el hombre que lo filmó fueron encarcelados. La policía se comprometió a tratar los incidentes contra cristianos con la máxima severidad, y el presidente Isaac Herzog afirmó que Israel aborda dicha hostilidad con firmeza. Luego vino el trabajo más difícil. El ministro de Asuntos Exteriores, Gideon Sa’ar, nombró a George Deek, un cristiano árabe israelí, como Enviado Especial para el Mundo Cristiano, el primer cargo de este tipo en cualquier país, con la tarea de hacer frente a los incidentes anticristianos. En resumen, Israel reconoció el problema. Y en lugar de justificarlo, actuó.

Ahora comparemos esto con la ciudad de Nueva York. En agosto, un hombre saltó la valla de una iglesia, sacó un martillo y destrozó una estatua de la Virgen María, el cuarto ataque de este tipo contra esa parroquia desde 2024. Semanas antes, otra iglesia sufrió vandalismo en sus puertas y daños en una escultura. En otra zona de la ciudad, la policía persiguió a los sospechosos de una serie de actos vandálicos contra iglesias.

Todavía no he oído a nadie decir que los neoyorquinos odian a los cristianos. Los crímenes se atribuyen a quienes los cometieron, no a los ocho millones de personas que comparten su ciudad. ¿Recibió Israel el mismo trato? El mismo tipo de delito, procesado con mayor rapidez y visibilidad que en Nueva York, se convierte en prueba de lo que es Israel, no de lo que hicieron los israelíes. Errar es humano, y en cualquier otra nación, lo aceptamos. Pero cuando un israelí se equivoca, el error se convierte

—de alguna manera— en la identidad de Israel; no en errores individuales, sino en una prueba de lo que supuestamente es la nación judía.

Toda acusación formulada contra Israel se trata como un "hecho verdadero" a pesar de ser falsa. (Crédito: OwenBlacker/wikimedia.org)

Culpable hasta que se demuestre lo contrario

Una vez que se establece la identidad, se convierte en el prisma a través del cual se ve todo lo que hace Israel. Cuando un hospital de Gaza fue atacado, durante días se afirmó que Israel lo había atacado, antes de que las pruebas apuntaran a un cohete de Hamás que había fallado. Los daños causados a las iglesias cerca de depósitos de armas que Hamás almacenaba junto a ellas se reportan como crímenes israelíes. Personas identificadas como médicos o periodistas muertos en ataques fueron confirmadas como operativos de Hamás meses después. Pero nadie se retracta de lo dicho. La rectificación nunca llega tan lejos como la acusación. El debate ya no comienza con si Israel es culpable, sino con cómo de culpable es.

Para el pueblo judío, es una vieja obra con un nuevo elenco. Cada error se convierte en munición, cada acusación en hecho, porque el objetivo nunca fue la justicia. Todo forma parte del caso contra el estado judío, a la espera de pruebas llenen los vacíos.

Hay una palabra para describir el acto de exigir a una nación un estándar que jamás se aplicaría en otro lugar, y luego vilipendiarla por no cumplir con ese estándar imposible. Esa palabra es antisemitismo, un doble rasero que se aplica a la identidad de Israel, no a su conducta.

Nuestras propias lentes de color rosa

También existe la otra cara de la moneda. Amar a Israel puede llevarnos sutilmente a cometer el mismo error. Es fácil, una vez que amamos a un pueblo, empezar a verlo a través de una lente que suaviza sus defectos. Aquel periodista esperaba que me justificara. No lo hice, porque Israel nunca ha necesitado ser perfecto para que yo lo apoye. 

Dios lo dejó claro desde el principio. Él no eligió a Israel porque fuera mejor, más inteligente, más santa o más merecedora que otros pueblos (Deuteronomio 7:7-8). Ser elegido, en el sentido bíblico, no se trata de superioridad, sino de función y propósito, ser seleccionado para un papel en Su plan. Aun así, se nos olvida. El desierto florece. La economía prospera. Se derriban misiles balísticos en pleno vuelo. La nación emprendedora produce un invento tras otro, y resulta tentador interpretar todo esto como una muestra de que Israel es mejor, en lugar de ver la bendición divina sobre ella. 

Pero Israel es humana, propensa a fallar como cualquier otra persona. Y cuando eso sucede, como sucederá, la decepción suele aparecer.
Israel no necesita un club de aficionados que se estremezca cada vez que tropieza, sino amigos que no esperen un estándar que ellos mismos no se exigirían. Los amigos se ven como son: humanos, falibles, esforzándose, a veces fallando, siempre responsables. Eso es simplemente amor que nunca estuvo ligado al rendimiento.

Nada de eso significa justificar. Las excusas aparecen cuando esperamos la perfección y, de repente, necesitamos explicar por qué la realidad no está a la altura.

Apoyar al pueblo de Israel es apoyar al Dios de Israel. Él es perfecto. Sus planes y propósitos son perfectos. Esto no implica defender un ideal de pureza, ni idealizar a un pueblo que Dios nunca pidió que se viera de otra forma que no fuera como humano. Se trata simplemente de caminar al lado de una nación que sigue en el difícil y complejo proceso de exigir responsabilidades a sí misma.

Traducido por Robin Orack – Voluntaria en Puentes para la Paz

Revisado por Ara Sainz – Voluntaria en Puentes para la Paz

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