Pon la otra mejilla

Por Ilse Strauss

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ME ENCONTRABA FRENTE A UNA CONGREGACIÓN en una ciudad grande de Sudáfrica. Habían pasado seis meses desde el 7 de octubre. Seis meses de una guerra que se convertiría en el conflicto de mayor duración de la historia moderna de Israel. Seis meses marcados por acusaciones de que Israel cometía genocidio, empleaba fuerza excesiva y atacaba deliberadamente a mujeres y niños. Sin embargo, mi audiencia no había caído en la propaganda. Quienes estaban sentados frente a mí habían investigado sobre la situación. Conocían la verdad.

Aun así, cuando llegó el momento de las preguntas, un joven se puso en pie y dijo, «Yo estoy con el Dios de Israel. Sí, Hamás es malvado. Pero Jesús [Yeshúa] nos enseñó a amar a nuestros enemigos (Mt 5:44) y a poner la otra mejilla (Mt 5:39). Israel está haciendo lo contrario. Está luchando contra sus enemigos en lugar de orar por ellos. Definitivamente, no están poniendo la otra mejilla».

(Crédito: Unidad de Portavoces de las FDI/Wikimedia.org).

Ahí estaba: la idea de que las acciones de autodefensa de Israel violan las enseñanzas del Evangelio. Según este argumento, Israel debería haber respondido al ataque más brutal desde el Holocausto —y a la amenaza constante de aniquilación por parte de Irán— pasando por alto el derramamiento de sangre y las promesas de más ataques violentos en el futuro, abrazando a sus enemigos y respondiendo con un espíritu opuesto. En resumen, Israel debería haberse rendido dócilmente en lugar de haber tomado las armas para defenderse.

Que no quepa duda: este argumento dista mucho de ser una idea marginal planteada por un cristiano aislado, ni se refiere exclusivamente a Israel, aunque últimamente se ha aplicado al estado judío con creciente frecuencia. En el fondo de la pregunta del joven subyace una inquietante contradicción que los cristianos de todo el mundo han reflexionado durante generaciones y que los teólogos han debatido durante aún más tiempo: ¿cómo conciliamos las enseñanzas de Jesús sobre el perdón, la paciencia, la mansedumbre y el poner la otra mejilla con las exigencias de la justicia, la legítima defensa y, en última instancia, la guerra? ¿Acaso Su mandato de amar a nuestros enemigos invalida automáticamente el uso de la fuerza para defendernos a nosotros mismos o a nuestros seres queridos frente a una maldad dañina o letal? ¿Y qué implica esto para los gobiernos en tiempos de guerra justa, cuando deben actuar en legítima defensa, contener una maldad letal o llevar ante la justicia a quienes perjudican a su nación?

 

Una bofetada, no una espada

La cuestión de la postura de Jesús sobre el uso de la fuerza alcanza su punto culminante en el Sermón del Monte, donde proclamó una bendición para «los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5:9), y enseñó: «Yo les digo: no resistan al que es malo; antes bien, a cualquiera que te abofetee en la mejilla derecha, vuélvele también la otra» (Mt 5:39).

A primera vista, la conclusión parece tajante y definitiva. Sin embargo, leer las Escrituras a través de nuestros lentes occidentales modernos sin comprender la cultura, la tradición y el contexto del mundo en el que vivieron Jesús y Su audiencia a menudo causa confusión y malas interpretaciones. Como resultado, muchas veces vemos alegorías o metáforas en escenas que eran de conocimiento común para Su audiencia pero que para nosotros olvidamos detalles de la antigüedad. Tal es el caso de “poner la otra mejilla”.

(Crédito: ArtMari/Shutterstock.com)

En la cultura judía del siglo I, una bofetada en la mejilla derecha era un insulto calculado, destinado a humillar a alguien considerado inferior. Por ejemplo, un amo podía abofetear a su siervo, o un soldado romano a un civil judío. El golpe se propinaba con el dorso de la mano, transmitiendo un enorme desprecio.

En resumen, una bofetada en la mejilla derecha era algo que la audiencia de Jesús veía en su vida cotidiana, no una metáfora que Él empleara para referirse a una amenaza de daño físico. Al instar a sus oyentes a poner la otra mejilla, Jesús les estaba enseñando a pasar por alto la ofensa y resistir el deseo de reaccionar a título personal cuando se hubiera insultado su orgullo o dignidad, no a someterse pasivamente mientras alguien los masacraba a ellos o a sus seres queridos.

Entonces, si el Sermón del Monte no ofrece la regla de oro divina [trata a los demás como deseas ser tratado] respecto al uso de la fuerza, la legítima defensa y, en última instancia, las guerras justas, ¿qué lo hace?

Un Hombre de Guerra

La Biblia a menudo se refiere a Dios en términos militares. Por ejemplo, Adonai Tzeva’ot —el “Señor de los Ejércitos”, uno de Sus nombres— aparece más de 230 veces en las Escrituras. El significado literal en hebreo es “Señor de los Ejércitos”, donde tzavá significa ejército y tzeva’ot es su forma plural. Resulta interesante que las FDI [Fuerzas de Defensa de Israel], o Tzva HaHaganá  LeYisrael, compartan parte de su nombre con el del Dios que prometió marchar al frente del ejército de Israel en la batalla. Así, Adonai Tzeva’ot identifica a Dios como el Señor de múltiples ejércitos o como el Señor de los ejércitos angelicales.

De manera similar, Dios se describe a Sí mismo en términos militares, incluso como comandante militar o guerrero. Entre los ejemplos se incluyen Éxodo 15:3: «El Señor es fuerte guerrero; el Señor es Su nombre»; Josué 5:14: «... Más bien yo vengo ahora como capitán del ejército del Señor»; y el Salmo 24:8: “¿Quién es este Rey de la gloria? El Señor, fuerte y poderoso; el Señor, poderoso en batalla.

La guerra es, sin dudas, un tema central del Antiguo Testamento, y es evidente que Dios no rehúye el uso de la fuerza. Sin embargo, existe una salvedad fundamental: la violencia nunca es arbitraria, y el poder jamás se emplea para saciar la sed de sangre, satisfacer la venganza o demostrar destreza. La justicia y la misericordia de Dios, así como Su deseo de reconciliar a la humanidad consigo mismo, a menudo exigen una acción decisiva, deliberada y —sí— incluso violenta contra el enemigo. Las Escrituras dejan claro que el Señor de los Ejércitos Celestiales se alza como un Guerrero únicamente para confrontar y erradicar el mal.

En última instancia, la guerra de Dios brota de Su justicia. Él se levanta para “hacer justicia al huérfano y al afligido” (Sal 10:18). Y cuando Isaías contempla a Dios avanzando “como guerrero” y despertando “Su celo como un hombre de guerra”, Su propósito es establecer la justicia y la rectitud (42:13).

(Crédito: Henri Mathieu Saint Laurent/Pexels.com)

Y ¿el Príncipe de Paz?

¿Pero qué hay de Jesús? ¿Seguramente el Príncipe de Paz nos ofrece, en el Nuevo Testamento, una faceta de la divinidad más pasiva y pastoral que la del Señor de los Ejércitos en el Antiguo Testamento?

Jesús mismo disipa esa noción. Él no vino para destruir la Ley y los profetas sino para cumplirlos (Mt 5:17), no para contradecir las Escrituras Hebreas sino para mostrar de primera mano cómo interpretarlas y vivirlas diariamente. Además, «Yo y el Padre somos uno» (Juan 10:30), enseñó Jesús, y agregó: «El que me ha visto a Mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9b). Las Escrituras también afirman la naturaleza inmutable de Dios (Mal 3:6, St 1:17) desde el principio de los tiempos hasta sus capítulos finales, a través de testamentos, pactos y generaciones.

En resumen: el Señor de los Ejércitos, que no rehúye tomar medidas decisivas contra el mal desde Génesis hasta Malaquías, es el Príncipe de Paz desde Mateo hasta Apocalipsis —y más allá—. Y la misión de Jesús en el Nuevo Testamento refleja claramente la de Dios en el Antiguo: justicia, misericordia y la restauración de la humanidad mediante la confrontación y el desarraigo del mal.

Cuando la corrupción profanó el Templo, Jesús no respondió con resistencia pasiva. Fabricó un látigo y expulsó con firmeza a quienes habían convertido la casa de Su Padre en un mercado (Juan 2:13-16). Sus acciones fueron deliberadas, contundentes y sin vacilaciones.

Jesús nunca condenó a aquellos cuyas vocaciones requerían el uso de fuerza letal. Cuando un centurión romano —un comandante militar con autoridad sobre la vida y la muerte— se acercó a Él, Jesús se maravilló de su fe y procedió a ayudarlo (Mt 8:10). La profesión del centurión nunca se presentó como incompatible con seguir a Dios. Del mismo modo, cuando unos soldados acudieron a Juan el Bautista preguntando qué exigía el arrepentimiento, él les indicó que actuaran con integridad en el ejercicio de su vocación, no que abandonaran el servicio militar (Lucas 3:14). Está claro que participar en acciones que implican el uso de la fuerza no es intrínsecamente pecaminoso.

En vísperas de su arresto, Jesús instruyó a sus discípulos: «El que no tenga espada, venda su manto y compre una» (Lucas 22:36b). La espada —el equivalente en el siglo I al arma corta actual— estaba explícitamente permitida para la defensa.

La lista continúa, pero la conclusión es clara: mediante Sus palabras y acciones, Jesús transmitió que confrontar y erradicar el mal implicaba una participación activa y, en ocasiones, el uso de la fuerza.

 

Una cuestión de audiencia

Cabe hacer otra distinción fundamental. Jesús enseñaba principalmente a personas, no a gobiernos. Su mensaje no estaba dirigido a un nivel nacional, sino interpersonal. La mayor parte de los Evangelios relata Sus palabras a personas concretas que afrontaban decisiones personales: un joven gobernante rico, una mujer sorprendida en adulterio, discípulos que luchaban por perdonar, recaudadores de impuestos que buscaban la redención; todas ellas son enseñanzas aplicables a Sus seguidores a título individual sobre cómo relacionarse con el prójimo en un mundo caído. Sin embargo, solemos tomar enseñanzas dirigidas a la conducta individual y aplicarlas directamente a la gestión gubernamental. “Pon la otra mejilla” se convierte en política exterior. “Da a todo el que te pida” se transforma en responsabilidad fiscal. “No juzgues” pasa a ser una reforma de la justicia penal. Pero no podemos confundir ambos ámbitos. Jesús no ofrecía un modelo sobre cómo debían los gobiernos administrar justicia entre las naciones. Su enfoque era la santidad personal, no la política nacional.

La guía de Dios para las naciones aparece en otras partes de Su Palabra. El apóstol Pablo enseña que Dios otorga a los gobiernos y a los líderes terrenales la autoridad para castigar el mal y defender la justicia. “Pues es para ti un ministro de Dios para bien. Pero si haces lo malo, teme. Porque no en vano lleva la espada, pues es ministro de Dios, un vengador que castiga al que practica lo malo” (Rom 13:4). Es legítimo preguntarse si los gobiernos cumplen con esta responsabilidad divina de contener el mal y mantener el orden social bajo leyes justas. Sin embargo, esa no es la cuestión central aquí. El énfasis de Pablo es claro: Dios estableció gobiernos humanos para administrar justicia entre las naciones y entre los ciudadanos y las autoridades civiles. Estos líderes están autorizados a usar la fuerza cuando sea necesario para contener el mal y hacer que los infractores de la ley rindan cuentas. Cabe destacar que Pablo nunca sugiere que los gobiernos deban simplemente poner la otra mejilla al enfrentarse a actos ilícitos.

Jesús reconoció este principio al afirmar la legitimidad de que los gobiernos terrenales porten la espada: «Si Mi reino fuera de este mundo, entonces Mis servidores pelearían...» (Juan 18:36a). El sentido de Sus palabras es significativo: si Su reino funcionara según los principios terrenales, Sus seguidores tomarían las armas para defenderlo. La implicación es que los reinos de este mundo pueden legítimamente entrar en combate cuando la causa es justa y las circunstancias lo exigen.

 

Paz, paz

Según los principales conjuntos de datos, el mundo atraviesa actualmente los niveles más altos de conflicto armado de la era moderna. Las pruebas están a la vista de todos. Los titulares de las noticias y las publicaciones en las redes sociales dan un testimonio sangriento de la tragedia indescriptible, la angustia y el sufrimiento que la guerra deja a su paso. Nadie puede enfrentarse a una realidad tan desgarradora sin implorar: “¡Señor, danos la paz!”. Además, tal carnicería puede llevarnos a cuestionar cómo el Príncipe de Paz puede ser también el Señor de los Ejércitos, un hombre de guerra.

Quizás el problema radique en que nos hemos perdido en la traducción. Vemos el sufrimiento y creemos que la ausencia de guerra equivale a la paz. Vemos a mediadores negociar alto al fuego y esperamos que actúen como artífices de la paz, silenciando los aviones de combate y los misiles. Pero la paz no es la ausencia de conflicto.

La palabra bíblica para la paz, shalom, deriva de la raíz shalem, la cual abarca la integridad, la restauración, la prosperidad y la plenitud, además de la paz perfecta. Por tanto, la verdadera shalom no es la mera ausencia de guerra; es la ausencia total del mal.

El conflicto que vemos hoy es, en última instancia, la manifestación física de una realidad espiritual: la caída del hombre, la enemistad, el pecado, el quebranto y un enemigo que mata, roba y destruye. Este es el mal al que se enfrenta el Señor de los Ejércitos. Contra esto se levanta el Príncipe de Paz como un hombre de guerra. Y Él llama a Sus seguidores a hacer lo mismo.

Ser un pacificador no significa mostrarse pasivo ante el mal con el fin de evitar conflictos. Ciertamente, debemos amar a nuestros enemigos y orar por ellos; sin embargo, amarlos no implica tolerar su maldad. La paz no se preserva cediendo ante el mal, sino resistiéndolo y venciéndolo. Muchos de los más grandes pacificadores de la Biblia fueron guerreros designados por Dios. Pensemos en Josué, David y Gedeón: todos ellos fueron elegidos para confrontar el mal y librar los conflictos necesarios para establecer una paz (shalom) conforme a la voluntad divina.

Esta es la vocación que tenemos como Sus representantes: librar la buena batalla, resistir al mal hasta que Él regrese y finalmente experimentemos la paz perfecta —Su paz— para siempre. El Kadish, un texto central del judaísmo que se recita a diario, captura esta esperanza: El que hace la paz en sus alturas haga la paz sobre nosotros, sobre todo Israel y sobre todos los que habitan la Tierra, y juntos digamos Amén”.

Anhelamos el día en que el Príncipe de Paz traiga la verdadera shalom, cuando las espadas se conviertan en instrumentos de arado y la guerra deje de existir. Hasta ese día, hacemos lo que las Escrituras ordenan: amar a nuestros enemigos y oponernos al mal.

Traducido por Robin Orack – Voluntaria en Puentes para la Paz

Revisado por Raquel González – Coordinadora Centro de Recursos Hispanos

Bibliografía

BibleHub. “Hebrew Lexicon: Shalom (H7965).”

Peace Research Institute Oslo (PRIO). “UCDP Sharp Increase in Conflicts and Wars.”

Prince, Derek. War in Heaven: God’s Epic Battle with Evil. Chosen Books, 2003.

Uppsala University. “UCDP: Sharp Increase in Conflicts and Wars.”  

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