Entendiendo a Israel a través de la fe

Por Ilse Strauss

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Antes de que Israel fuera una nación, antes de que Jerusalén fuera una ciudad, antes de que ningún soldado tomara las armas para su defensa, ya se había declarado una guerra contra ella. 

Esto sucedió en los primeros capítulos de la historia de la humanidad, en el primer libro de la Escritura, justo después de que Dios crease los cielos y la tierra, los mares, la luz, los animales, las plantas y finalmente, La Corona de Su creación: El ser humano. Todo era bueno, incluso muy bueno. Después vino la serpiente que engañó a Eva con una pregunta. Adán y Eva cayeron en pecado y la muerte entró en la perfección.

Pero Dios no terminó la historia ahí, sino que inició una misión de rescate. En Génesis 3:15, Dios se dirige directamente a la serpiente en la primera profecía de redención: “Pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el talón.”

(Crédito: Viktoriia Kondratiuk/Pexels.com)

En esa única frase, todo el curso de la historia humana quedó claramente definido; Dios prometió que vendría un redentor a través de una mujer, a través de un pueblo, a través de una nación. Ese Redentor prometido es Jesús (Yeshúa), el Mesías que derrotaría al enemigo, vencería el pecado y restauraría la vida. Aquel pueblo y aquella nación es Israel. Y desde ese momento en adelante, el enemigo intentaría a toda costa detener esa misión de rescate.  

Hoy, imágenes de una pequeña franja de tierra en Oriente Medio saturan los titulares, incendian los campus de universidades y dividen los parlamentos. El ataque terrorista del 7 de octubre en Israel, la guerra que se desencadenó después, y el aumento global del antisemitismo, han obligado a enfrentar una realidad que ya no puede ignorarse. Para los cristianos que observan desde lejos, el ruido causa preguntas urgentes: ¿Quién está bien? ¿Quién está mal? Y también surge la pregunta que seguramente ejerce más presión sobre nosotros: ¿Qué tiene que ver todo esto conmigo y con mi fe?

Esas preguntas se agrupan en tres categorías diferentes, algunos cristianos responden con un profundo sentido de solidaridad, con oraciones renovadas, compromiso y acción. Otros se alejan, insistiendo en que un Dios de amor no puede tener relación con dicha violencia, luego están los indecisos, que sienten compasión y curiosidad, pero que no han establecido una conexión personal con este asunto.

Si estás leyendo este estudio, posiblemente estás dentro de la primera categoría, no necesitas que te convenzan de que Israel importa, pero incluso las convicciones firmemente arraigadas se benefician de revisar sus fundamentos. Los sentimientos cambian con los titulares y con nuevos ciclos, pero la verdad bíblica no cambia. Así que te pido que no consideres este estudio como un argumento destinado a convencerte, sino más bien como una invitación a recorrer una vez más las razones, para que puedas establecer aquello que ya crees de forma más profunda en las Escrituras.

La confrontación de los tiempos

Los líderes mundiales suelen calificar el conflicto palestino-israelí como la cuestión que define a nuestra generación, como la disputa por el territorio, la soberanía y la condición de Estado, dando a entender que la paz depende de la voluntad de Israel de hacer concesiones.  

Pero este argumento ignora la verdad central: este conflicto, no es un conflicto único de nuestros tiempos o incluso de nuestra generación. No comenzó en 1948 con el fin del Mandato Británico ni con la Declaración de Balfour en 1917. Este es el último capítulo de una batalla que se ha extendido durante milenios, una lucha más antigua que ningún titular o ninguna cumbre de paz. No es una cuestión de nuestra generación; es la confrontación de los tiempos.

De Génesis a Apocalipsis, las Escrituras revelan una guerra constante entre Dios y las fuerzas de las tinieblas. Lo que ocurre en la tierra, en las naciones, en las fronteras y en las identidades, no es más que la superficie de algo mucho más profundo; una guerra espiritual más arraigada en la verdad que en el territorio.

(Crédito: Luke Seago/Pexels.com).

Las Escrituras no dejan esta batalla a la mera interpretación. Zacarías profetizó que, en los últimos días, Jerusalén se convertiría en “una piedra pesada para todos los pueblos” y que todos aquellos que intenten moverla, “serán severamente desgarrados y contra ella se congregarán todas las naciones de la tierra” (Zac. 12:3). Mucho antes de que los noticieros o las Naciones Unidas existieran, Dios ya habría nombrado a los actores y ya había profetizado el desenlace. Las naciones se enfurecen. Él simplemente se ríe (Sal 2:1-4). Él ya ha escrito el final.

En la batalla cósmica entre el Creador y el engañador, el Dios de Israel revela Su fidelidad al mundo, mientras que el enemigo trabaja para oscurecer la verdad, distorsionar el carácter de Dios y borrar Su nombre. Israel no permanece en el epicentro de este conflicto por accidente, sino por el diseño de Dios.

Elegidos para llevar la Promesa

Al referirnos a Israel como el centro, no estamos diciendo que Dios ame a Israel más que otros pueblos o naciones, o que la considere más santa o más merecedora. Más bien, que Dios eligió a Israel como la nación a través de la cual llevaría a cabo Su plan de redención, la vasija para la Simiente prometida que traería la oportunidad de salvación para todas las naciones de la tierra.

Génesis 3:15 preparó el escenario para el Redentor prometido por Dios, pero llevó tiempo para que el elenco tomara forma. Dios podría haber elegido cualquier familia para llevar a cabo Su plan de redención, pero esperó, eligiendo finalmente en Génesis 12 a un candidato poco probable: un hombre anciano llamado Abram (Abraham) y a su esposa estéril, Sarai (Sara).

Dios le hizo una extraordinaria promesa a esta pareja, una que cambiaría el curso de la historia: “Haré de ti una nación grande, y te bendeciré, engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y al que te maldiga, maldeciré. En ti serán benditas todas las familias de la tierra” (Gn 12:2-3). 

Este es el fundamento de la importancia de Israel: no por la política, ni por el poder militar, sino por la promesa. Dios eligió a la descendencia de Abraham como la vasija a través de la que Sus bendiciones alcanzarían a todas las naciones de la tierra. La promesa no estaba basada en los méritos de Abraham, sino que se basaba completamente en la voluntad de Dios y en Su capacidad para mantener Su palabra.

Hoy en día, muchos juzgan a Israel por lo que ven en lo natural. Así que, si aceptamos solo lo que tiene sentido para nosotros, estamos limitando a Dios a obrar únicamente a través de personas perfectas, lo que nos excluye a todos nosotros. En Génesis 12:2-3, Dios dice cuatro veces que "Él hará", declarando que Él es en todo caso, Quien actúa, cumple y sostiene. No es Abraham. No es Israel. Es Dios. Siglos después, un profeta pagano llamado Balaam, contratado para maldecir a Israel, descubrió que no podía pronunciar las palabras de maldición. «Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre, para que se arrepienta. ¿Lo ha dicho Él, y no lo hará? ¿Ha hablado, y no lo cumplirá?» (Núm 23:19). Incluso un hombre al que le pagaron para maldecir no pudo deshacer un pacto que, desde el principio, nunca dependió de los méritos de Israel.

La promesa de Dios en Génesis 12 continúa en los capítulos 15, 18, 21 y 22. Finalmente, esa promesa empieza a tomar forma con el nacimiento de Isaac. Luego pasa a Jacob, que se convierte en Israel, y a través de su descendencia se establece la genealogía del Mesías.

(Crédito: Rosa Stone/Pexels.com)

Este no es un detalle insignificante. Mateo 1:1 comienza con estas palabras: “Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”. Jesús nació como judío, creció como judío y murió con un cartel sobre Su cabeza en el que se leía: “Rey de los judíos” (Mt 27:37). Apocalipsis 5:5 se refiere a Él como el “León de la Tribu de Judá”, lo que nos dice que no ha descartado Su identidad como judío con la resurrección y ascensión, y que seguirá identificándose profundamente con Su familia terrenal cuando regrese para reinar eternamente.

El plan de Dios era generacional. Eligió un pueblo para traer salvación, no porque fueran dignos, sino porque Él es fiel. 

Injertados en la Promesa

Si la historia de Israel fuera solo historia, podríamos admirarla en la distancia y pasar de largo. Pero las Escrituras insisten en que nuestra fe también está vinculada al llamamiento que Dios tiene para Israel en el presente.

Jesús le habló claramente a la mujer samaritana junto al pozo: “Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos” (Jn 4:22). La salvación no llegó al mundo a través de Roma, Atenas ni de ningún otro centro de poder de la antigüedad. Llegó a través de Israel. Cada creyente gentil que alguna vez haya orado en el nombre de Jesús, está orando en el nombre de un Mesías judío, asentados sobre un fundamento que el pueblo judío estableció por mandato de Dios. 

Pablo refleja esto en Romanos 11, describiendo a Israel como el olivo cultivado enraizado en los patriarcas, y a los gentiles como las ramas de olivo silvestre injertadas entre las ramas naturales. “No seas arrogante para con las ramas. Pero si eres arrogante, recuerda que tú no eres el que sustenta la raíz, sino que la raíz es la que te sustenta a ti” (Ro 11:18). Los creyentes gentiles nunca estuvieron destinados a reemplazar a Israel en el plan de Dios. Fuimos injertados en él, nutriéndonos espiritualmente de una raíz que nos precede hace miles de años.

A lo largo de nuestra historia como Iglesia, no siempre hemos tenido en cuenta esta advertencia. La Teología del Reemplazo: creencia de que la Iglesia ha sustituido permanente a Israel, ha alimentado siglos de desprecio; desde las Cruzadas hasta los campos de exterminio en Europa. Cada vez que como Iglesia hemos olvidado que somos una rama y no la raíz, las ramas originales han pagado un precio. Así, Pablo cierra su argumento con una promesa en lugar de con una amenaza: “Porque no quiero, hermanos, que ignoren este misterio, para que no sean sabios en su propia opinión: que a Israel le ha acontecido un endurecimiento parcial hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles. Así, todo Israel será salvo” (Ro 11:25-26).

Nuestra deuda con Israel 

No es ningún misterio por qué el antisemitismo esté aumentado de nuevo a día de hoy, tal y como ha sucedido antes en incontables ocasiones. El pueblo judío ha estado en el punto de mira del enemigo a lo largo de la historia, su odio contra el canal humano de la bendición de Dios, se ha manifestado en un aborrecimiento inexplicable; disfrazado de acusaciones que van desde el supuesto control de los bancos y de los medios de comunicación a nivel mundial, hasta el colonialismo y el apartheid.

La diana en la espalda de Israel quedó marcada en el mismo momento en que Dios hizo Su promesa en Génesis 3:15 de aplastar a la serpiente por medio de la Simiente de una mujer y escogió a Abraham como portador de esa Simiente. Desde ese momento, Satanás ha procurado destruir al pueblo de esa promesa.

Considera esta alternativa. Si Dios hubiera establecido Su pacto con otra familia, en algún otro rincón de la tierra, esa familia llevaría ahora la diana sobre su espalda. Su nombre llenaría los titulares. Su tierra sería llevada ante la ONU. Cada disputa fronteriza que los involucrara se convertiría, de algún modo, en la crisis moral más urgente del mundo. Pero Dios escogió a Abraham y a sus descendientes, y la furia de Satanás persiguió la elección, no por sus fallas ni por nada de lo que hayan hecho. Satanás persigue al pueblo judío por la promesa que llevan consigo.

El patrón no da lugar a error. Faraón ordenó asesinar a los bebés varones hebreos. Amán conspiró para llevar a cabo un genocidio en Persia. Herodes ordenó la matanza de los niños en Belén. Hitler desató el Holocausto. Y hoy, el odio continúa, igual de demoníaco y con el mismo enfoque.

Nuestra herencia espiritual, los pactos, las promesas, las Escrituras, incluso el Mesías, vinieron a través de Israel. Todo viene de Dios, entregado a través de vasijas humanas: el pueblo judío. Pablo lo deja claro en Romanos 9:4-5: “De ellos son la adopción como hijos, la gloria divina, los pactos, la ley, el privilegio de adorar a Dios y el de contar con sus promesas. De ellos son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre! Amén” (NVI).

La Palabra de Dios, la revelación del corazón y del carácter de Dios, las promesas, el fundamento de nuestra fe. Y algo todavía más importante, gracias a Israel, tenemos a Jesús, que no apareció de la nada, sino que vino a través de un linaje, de un pueblo y de una profecía cumplida. Sin Israel, no habría cruz, ni resurrección, ni esperanza. Y ese mismo Mesías judío regresará un día a Jerusalén para asestar al enemigo el golpe final y reinar por siempre, con la franja de tierra entre el río Jordán y el mar Mediterráneo como escenario de Su triunfo eterno.

En realidad, el conflicto sobre Israel nunca ha sido por la tierra, las fronteras o la solución de dos estados. Esto es solo una capa superficial de distracción que disfraza el verdadero motivo. La batalla verdadera es espiritual: el enemigo de Dios haciendo la guerra contra el desarrollo del Plan de Redención de Dios, exactamente igual como lo ha estado haciendo desde el jardín del Edén.

Como creyentes, no estamos llamados a juzgar a Israel con ojos naturales, sino a verlo a través de los ojos de la promesa: elegidos no por ellos mismos, sino para que, a través de ellos, la Redención alcance a toda la tierra. Por eso apoyamos a Israel. Por eso oramos por Israel. Recordamos que somos ramas injertadas, no la raíz. Y mantenemos nuestra mirada fija en el horizonte que vieron los profetas: un Redentor que viene de Sión, un Reino sin fin y un Rey que fue, es y será.

La guerra contra Israel empezó en el jardín del Edén. Y terminará con el regreso de Yeshúa (Jesús). Hasta entonces, debemos estar alerta, orar y ocupar nuestro lugar, por pequeño que sea, en el gran desarrollo del Plan de Redención.

Citas bíblicas tomadas de la traducción NBLA, a menos que se indique lo contrario.

Traducido por Ara Sainz- Voluntaria en Puentes para la Paz

Revisado por Fernanda González- Voluntaria en Puentes para la Paz

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