Cuidado con la arrogancia

Por Rvdo. Patrick Verbeten

Descargar PDF

No recuerdo el incidente en específico. No recuerdo las palabras exactas habladas ni siquiera las caras de quienes las dijeron. Pero sí recuerdo la sensación.

Recuerdo estar en el patio de recreo de la escuela cuando era niño y me preguntaba cómo alguien podía ser tan terrible como para hacerme sentir pequeño sólo para poder sentirse grande. Recuerdo el dolor de ser menospreciado, disminuido, cómo me hizo sentir menos que los demás —todo para que otros niños pudieran sentirse superiores a mí—. Es un sentimiento que, una vez experimentado, nunca te abandona por completo.

Lo que me sorprende ahora, décadas después, es que no fue necesario que nadie les enseñara a aquellos niños a comportarse así. Ningún padre les explicó la mecánica de derribar a alguien para sentirse fuerte. Esta tendencia humana de ensalzarnos a nosotros mismos a costa de los demás parece surgir de forma natural, instintiva. Y a menos que alguien intervenga para corregir este comportamiento, para mostrar una mejor forma de darse valor a uno mismo, es algo que simplemente sigue ocurriendo. El acosador del patio de recreo crece. Las acciones persisten. Las heridas que inflige se vuelven más sofisticadas.

La esencia de la arrogancia

He visto esta situación repetirse a lo largo de toda mi vida. En los lugares de trabajo, donde los compañeros minimizan las contribuciones de los demás para destacar. En las iglesias, donde los creyentes critican otras tradiciones porque sienten que las suyas son mejores. En los círculos de liderazgo, donde algunas personas inseguras menosprecian a quienes les rodean para mantener su posición. Y ahora, en nuestra era digital, veo cómo este mismo comportamiento inunda Facebook, Instagram, YouTube e innumerables foros en línea, sobre todo cuando alguien publica algo sobre Israel.

La sección de comentarios se ha convertido en un campo de batalla. El veneno es palpable. Lo que se percibe no es simple desacuerdo, sino más bien odio. Lo que más me impacta es que muchos de estos comentarios provienen de individuos que se declaran cristianos, personas que proclaman el nombre de Jesús (Yeshúa), quienes deberían estar marcados por el amor, pero que desatan desprecio y condenación. Aún más preocupante, es que haya teólogos con crecientes plataformas e influencia que se apresuran en disputar, condenar, y en derribar a cualquiera que apoye a Israel. Sin embargo, no hay un espíritu de amor en sus palabras; no hay gentileza, paciencia ni bondad. Solo la fría certeza de alguien que cree tener la razón y que todos los demás están peligrosamente equivocados.

Creo que ésta es la esencia de la arrogancia: la necesidad de enaltecernos a nosotros mismos rebajando a los demás.

(Crédito: Mikhail Nilov/Pexels.com)

Es desgarrador

Es desgarrador que este patrón, que comienza en los patios de recreo de la infancia, no parezca tener fin. Es muy doloroso ver cómo infecta nuestras relaciones, nuestras comunidades e iglesias. Es trágico que tengamos que cargar con las heridas del menosprecio y con la vergüenza de reconocer que también nosotros hemos menospreciado a otros. Y es devastador que nos hagamos esto unos a otros, nosotros, que llevamos la imagen de Dios, nosotros, que estamos llamados a amar.

Pero quizás lo más desgarrador es cuando esta arrogancia se adhiere a nuestra fe, cuando usamos la teología como arma para sentirnos superiores a otros creyentes. Esto es precisamente lo que el apóstol Pablo anticipó que ocurriría en el primer siglo, y es precisamente contra lo que advirtió con urgencia e intensidad pastoral. Al escribir a los creyentes gentiles en Roma, Pablo veía cómo comenzaban a germinar las semillas de una terrible arrogancia, una arrogancia que enaltecería a los cristianos gentiles al menospreciar al pueblo judío, el pueblo del pacto de Dios, la raíz misma de la que había brotado su fe.

En Romanos 11:20, las palabras de Pablo penetran con una claridad contundente: “No seas altanero, sino teme”.

No seas arrogante. No te engrandezcas. No te enaltezcas menospreciando al pueblo judío. No olvides de dónde vienes. No olvides lo que Dios ha hecho por ti. Se temeroso. Ten una conciencia sana y reverente de que el mismo Dios que cortó las ramas por la incredulidad puede hacer lo mismo contigo.

Pablo sabía lo mismo que yo aprendí en aquel patio de recreo: que la arrogancia es algo natural en nosotros; que no necesitamos que nos enseñen a enaltecernos a costa de los demás; que a menos que esta tendencia se confronte, se corrija y se sustituya por algo mejor, contaminará todo lo que toque.

Hoy en día, puedo ver cómo esta misma arrogancia vuelve a manifestarse. Puedo verla en el auge de las voces dentro del cristianismo que rebajan, menosprecian e incluso odian al pueblo judío. Escucho argumentos teológicos que suenan sofisticados, pero que transmiten el mismo espíritu que sentí en aquel patio de recreo: el de quien necesita menospreciar a otros para sentirse superior. Puedo percibir la convicción, la renuencia a la corrección, la falta del fruto mismo del Espíritu que debería caracterizar a quienes siguen a Jesús.

Este no es un problema nuevo. Es antiguo. Pero la advertencia de Pablo es atemporal. Y es una advertencia a la que necesitamos prestar atención desesperadamente a día de hoy.

Entendiendo la arrogancia bíblicamente

Cuando el apóstol Pablo advirtió a los creyentes gentiles: “No seas altanero, sino teme” (Rom 11:20), no estaba pensando con una mentalidad griega. Debemos recordar que Pablo era un fariseo, inmerso en las Escrituras hebreas, y que probablemente su mente estaba llena de las advertencias que sus antepasados habían recibido y que con demasiada frecuencia habían sido ignoradas.

(Crédito: Martin Pechy/Pexels.com)

Las Escrituras hebreas usan un lenguaje vívido y poderoso para describir la arrogancia. La palabra principal es ga'on, que significa elevarse, engrandecerse o exaltarse a uno mismo. Es la misma raíz que se usa para la "majestuosidad" de Dios, pero que cuando los humanos la usan para sí mismos, se vuelve grotesca. Dios declara: «El temor del Señor es aborrecer el mal. El orgullo, la arrogancia, el mal camino y la boca perversa, yo aborrezco» (Pro 8:13). Dios no solo desaprueba la arrogancia; sino que la aborrece.

Otra palabra hebrea, zadon, significa una arrogancia presuntuosa, una actitud desafiante ante la autoridad. Se nos advierte: «Por la soberbia sólo viene la contienda, pero con los que reciben consejos está la sabiduría» (Pro 13:10). La arrogancia no contribuye a construir comunidad. La destruye.

Pero el pasaje más instructivo proviene de Deuteronomio 8:11-14, donde Moisés advirtió a Israel sobre la prosperidad: «Cuídate de no olvidar al Señor tu Dios… que cuando hayas comido y te hayas saciado, y hayas construido buenas casas y habitado en ellas… entonces tu corazón se enorgullezca, y te olvides del Señor tu Dios que te sacó de la tierra de Egipto de la casa de servidumbre».

Este pasaje usa la frase hebrea rum levavkha o "tu corazón se enorgullece". Esta es la anatomía de la arrogancia: bendición recibida, crédito atribuido, Dios olvidado. Cuando el corazón se enorgullece, la memoria se olvida de haber sido un esclavo, de haber sido rescatado y de que todo fue por la gracia.

Los sabios judíos comprendieron este peligro. El Talmud (comentario rabínico sobre la tradición judía y las Escrituras hebreas) enseña: “Quien alberga arrogancia es como si adorara ídolos” (Sotah 4b). La arrogancia equivale a idolatría porque la persona arrogante se coloca a sí misma en el lugar que solo le pertenece a Dios. Maimónides escribió: “El orgullo es el peor de todos los rasgos malignos... Quien es arrogante niega el principio fundamental de la fe” (Hiljot Deot 2:3).

Esto es lo que Pablo tenía en mente cuando advirtió a los creyentes gentiles que no fueran arrogantes con Israel. Sabía que la arrogancia siempre comienza con olvidar la gracia, de dónde venimos y quién nos sostiene. Y sabía que la arrogancia hacia el pueblo del pacto de Dios no era solo un error relacional, sino una catástrofe teológica.

Era, en palabras de los sabios, lo mismo que adorar ídolos.

Jesús y el corazón arrogante

Jesús habló con frecuencia sobre la arrogancia, aunque a menudo se refería a ella de otra forma. Un ejemplo es la parábola dirigida específicamente a “unos que confiaban en sí mismos como justos y menospreciaban a los otros” (Lucas 18:9). El fariseo puesto en pie, oraba, “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos” (Lucas 18:11). Mientras tanto, el recaudador de impuestos ni siquiera podía alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Dios, ten piedad de mí, pecador! (Lucas 18:13).

La conclusión de Jesús fue devastadora: «Les digo que este descendió a su casa justificado pero aquel no; porque todo el que se engrandece será humillado, pero el que se humilla será engrandecido» (Lucas 18:14). El corazón arrogante necesita a alguien a quien menospreciar, así que el fariseo se atribuía la justicia al compararse con los demás. Esta es la esencia de la advertencia de Pablo en Romanos 11.

Jesús enseñó este principio repetidamente. Declaró: «Cualquiera que se engrandece, será humillado, y cualquiera que se humille, será engrandecido» (Mat 23:12). El reino de Dios opera con una economía completamente opuesta a la del mundo y a nuestras inclinaciones naturales.

Pablo se hace eco precisamente de este principio en su advertencia a los creyentes gentiles: «No seas arrogante para con las ramas. Pero si eres arrogante, recuerda que tú no eres el que sustenta la raíz, sino que la raíz es la que te sustenta a ti... No seas altanero, sino teme» (Rom 11:18, 20).

Los creyentes gentiles corrían el peligro de convertirse en fariseos, agradeciendo a Dios por no ser como aquellos judíos incrédulos. Habían sido injertados en el olivo por gracia mediante la fe, pero algunos comenzaban a sentirse superiores a aquellos en cuyo árbol habían sido injertados. Estaban olvidando la raíz que los sostenía.

El antídoto contra la arrogancia

Si la arrogancia es la enfermedad, la humildad es la cura. La humildad bíblica no es autodesprecio ni falsa modestia, sino simplemente vernos a nosotros mismos con sinceridad a la luz de la gracia de Dios.

Pablo continúa en Romanos 12:3: “Porque en virtud de la gracia que me ha sido dada, digo a cada uno de ustedes que no piense de sí mismo más de lo que debe pensar, sino que piense con buen juicio, según la medida de fe que Dios ha distribuido a cada uno”. Nos mantenemos firmes por la gracia mediante la fe. Esa es la verdad contundente.

Santiago nos recuerda: «Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes» (Santiago 4:6). No se trata de una simple preferencia. Dios resiste activamente a los soberbios. La palabra griega significa “prepararse para enfrentarse en la batalla”. En contraste, Él derrama gracia sobre los humildes.

(Crédito: Pixelvario/Shutterstock.com)

¿Cómo se manifiesta la humildad en la práctica? Pablo responde: “No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás” (Fil 2:3-4).

Observa el enfoque: los demás. La humildad no se obsesiona con demostrar que tiene razón ni con elevarse por encima de los demás. La humildad mira hacia afuera. Honra. Sirve. Ama.

Y el amor, nos dice Pablo, “no es jactancioso, no es arrogante” (1 Cor 13:4b). El amor es el antídoto definitivo contra la arrogancia, porque el amor genuino no puede coexistir con un corazón que necesita menospreciar a los demás.

Cuando se trata de Israel, esto significa que debemos hablar con honor, servir con gratitud y recordar, siempre, la raíz que nos sostiene.

Elegir un camino mejor

Al reflexionar sobre aquel incidente en el patio de recreo de hace tantos años, me doy cuenta de algo que no entendía de niño: tenemos una opción. El hábito de exaltarnos a nosotros mismos al menospreciar a los demás puede ser natural, pero no tiene que definirnos. Dios ofrece un camino mejor.

La arrogancia es un peligro espiritual, no solo un defecto de la personalidad. Cuando somos arrogantes hacia Israel, o hacia cualquiera, nos colocamos a nosotros mismos en el lugar en que solo Dios debe estar.

La verdad es que nos mantenemos firmes por gracia, solo mediante la fe. Fuimos injertados como ramas silvestres en un árbol cultivado. La raíz nos sostiene; nosotros no la sostenemos. Los dones y el llamado de Dios a Israel son irrevocables (Rom 11:29). Cuando ignoramos a Israel, ignoramos el carácter de Dios.

En definitiva, el antídoto es el amor que honra en lugar de menospreciar. Recuerdo a aquel niño en el patio de recreo, herido por la necesidad de otro de sentirse superior. Esa herida me enseñó algo valioso: las personas importan. Cómo las tratamos importa. Y en la economía de Dios, el camino hacia arriba es hacia abajo. El camino a la exaltación pasa por el valle de la humildad.

La advertencia de Pablo todavía resuena: «No seas altanero, sino teme»

Debemos prestarle atención. Debemos elegir la humildad. Debemos honrar la raíz que nos sostiene.

Y nunca olvidemos que todo es por gracia.

Traducido por Robin Orack – Voluntaria en Puentes para la Paz

Revisado por Ara Sainz – Voluntaria en Puentes para la Paz

Bibliografía

Brown, Francis, S.R. Driver, and Charles A. Briggs. The Brown-Driver-Briggs Hebrew and English Lexicon. Peabody, MA: Hendrickson Publishers, 1996.

Holy Bible, New King James Version. Nashville: Thomas Nelson, 1982.

Maimonides, Moses. Mishneh Torah, Hilchot De’ot (Laws of Character Traits).

Thayer, Joseph Henry. Thayer's Greek-English Lexicon of the New Testament. Peabody, MA: Hendrickson Publishers, 1996.

The Babylonian Talmud, Tractate Sotah. Translated by the Soncino Press.

Recursos relacionados

Descubre tu propósito y el corazón de Dios para ti

En el mundo actual, dividido y turbulento, es esencial que la Iglesia redescubra el corazón de Dios. Nuestro libro electrónico gratuito, escrito por una experta con tres décadas de experiencia en Israel, profundiza en las enseñanzas de Jesús (Yeshúa) para revelar los principios del amor y propósito de Dios. Aprender cómo abrazar estas verdades impactará significativamente tu vida, incluso en medio del caos. Suscríbete para recibir este libro electrónico gratis (si al suscribirte, no recibes tu copia, escríbenos a intl.spanish@bridgesforpeace.com)