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LO QUE EL MUNDO NECESITA:
SORPRENDENTEMENTE, ES ISRAEL
Mientras
el mundo fija su atención sobre ese pequeño pedazo de tierra que es
Israel, nadie puede negar las increíbles tensiones que actualmente
van acrecentando allí. ¿Será posible que Dios quiera usar las
tensiones en Israel como faro de luz para alumbrar a nuestra
generación post-moderna sobre el cumplimiento de versos bíblicos,
como Génesis 28:14? -
“También tu descendencia será
como el polvo de la tierra, y te extenderás hacia el occidente y
hacia el oriente, hacia el norte y hacia el sur; y en ti y en tu
simiente serán bendecidas todas las familias de la
tierra.”
Lo que sucede hoy día en Israel tiene como
propósito bendecir a las naciones del mundo por medio de los
descendientes de Abraham, Isaac y Jacob. Permítame describir el
trasfondo, y luego discutiremos esta idea.
Aunque
el cristianismo es la religión más grande del mundo, con sobre 2.1
billones de profesados practicantes, y la de más rápido crecimiento
mundial, las estadísticas del cristianismo en Europa y América del
Norte son deprimentes. El cristianismo en el Occidente parece estar
desvaneciendo. Muchas enormes catedrales en Europa yacen vacías. El
Dr. Todd M. Johnson, director del Centro para Estudios de
Cristianismo Global en el Seminario Teológico Gordon-Conwell,
comentó lo siguiente: “Mientras que en 1900, sobre el 80% de todos
los cristianos vivían en Europa y Norte América, para 2005 esa
proporción bajó a menos de 40%, y probablemente siga menguando a
menos del 30% antes del año 2050.” Un artículo reciente en USA Today incluyó la siguiente cita del
Papa Juan Pablo II: “Europa Occidental, la cuna del cristianismo
moderno, se ha convertido en una ‘sociedad post-cristiana’ donde la
clase gobernante y los líderes culturales son anti-religiosos o
‘cristofóbicos.’” Según los estimados europeos de 2005, solamente el
4.2% de los europeos se identifican como “nacidos de nuevo,” o
cristianos personalmente comprometidos con su fe.
La
situación en Norte América es un poco mejor, pero aún preocupante.
Según una encuesta social en Canadá en el año 2001 (General Social Survey), la participación en
servicios religiosos ha disminuido dramáticamente en todo el país
durante los pasados 15 años. Solamente un quinta parte (20%) de los
individuos mayores de 15 años asistió a un servicio religioso
semanal en 2001, comparado con el 28% durante 1986. En 2001, 4 de
cada 10 adultos (43%) informaron no haber asistido a servicios
religiosos durante los pasados 12 meses previos a la encuesta,
comparado con el 26% en 1986.
Más
aún, una encuesta de identificación religiosa en Estados Unidos (American Religious
Identification Survey), realizada por el Centro Graduado en la
Universidad de la Ciudad de Nueva York (City University of New York) publicó los
datos a continuación: “La proporción de la población
[estadounidense] que puede clasificarse como cristiana ha disminuido
desde un 86% en 1990 a un 77% en 2001. Más precisamente, el 76.5%
(159 millones) de americanos se identifican como cristianos.” Esa es
una significante reducción desde 86.2% en 1990. La identificación
con el cristianismo ha sufrido una pérdida de 9.7% en 11 años, a un
ritmo de 0.9% cada año. Esa disminución es idéntica a la observada
en Canadá entre 1981 y 2002. Es posible que los no-cristianos
sobrepasen a los cristianos en Estados Unidos para el año
2042.
Aumento en “Espiritualidad”
A pesar de un decaimiento en el cristianismo,
el énfasis general en la “espiritualidad” no ha declinado en el
Occidente. De hecho, se argumenta que ha aumentado. Lo que pasa es
que hay un incremento en religiones orientales, nueva era,
cientología e islam, para nombrar algunos.
En
la primera parte del maravilloso libro por el Dr. Víctor Frankl, Man’s Search for Meaning (El Hombre en
Busca de Significado), el autor detalla sus observaciones y
reflexiones durante cinco años de encarcelamiento en Auschwitz y
otros campamentos de concentración. El Dr. Frankl concluye que la
persona, para poder sobrevivir, necesita que un propósito lo
proyecte más allá de su condición momentánea. El propósito no tiene
que ser noble, espiritual ni altruista, pero debe proveerle algo en
qué fijar su atención de modo que trascienda sus circunstancias
inmediatas. Yo supongo que el crecimiento en la espiritualidad,
combinado con la disminución en el cristianismo occidental, podría
indicar que el Dr. Frankl está en lo correcto: la gente está
buscando un significado a la vida. La disminución en el cristianismo
occidental también podría indicar que la gente percibe a la Iglesia
como carente de relevancia moderna. Sin embargo, África y Asia están
viendo una explosión en el cristianismo. ¿El mensaje es diferente?
¿O será que las premisas fundamentales olvidadas por el Occidente
aún permanecen válidas para el Oriente, de esa manera fortaleciendo
el cristianismo? Esas premisas sociales olvidadas por el Occidente,
y la manera de revivirlas en una sociedad post-moderna, es el tema
de este estudio.
Precondiciones para la Fe
Varios
autores cristianos han intentado identificar las precondiciones para
la fe cristiana. Dos de los autores que más me han impactado en esa
área son el Dr. Don Bierle, en su libro Surprised by Faith
(Sorprendido por la Fe), y Linda Ríos Brook, en su libro Jesus for Adults (Jesús para
Adultos). Ambos tomos recalcan las primeras
dos condiciones claves que deben ser reestablecidas antes de que el
Occidente del siglo 21 pueda percibir el cristianismo como una
respuesta eficaz para su búsqueda de significado. Como algunos de
nuestros lectores son judíos, quisiera compartir otro pensamiento.
Creo que esos factores podrían ser precondiciones para también
adoptar el judaísmo ortodoxo. Como soy cristiano, continuaré usando
el cristianismo como base para este artículo, pero agradecería
cualquier comentario o reacción por parte de mis lectores
judíos.
Las dos condiciones básicas que debemos poseer
como individuos, según expresado en los escritos de Bierle y Brook,
son: (1) la realización de que existe una fuerza superior externa a
nosotros, y (2) la realización de que existe un mal en nosotros que
debemos procurar cambiar.
Miremos
primero cada una de las anteriores, y luego exploraremos la tercera
precondición con mayor detalle. Primero, veamos la premisa de que existe una
fuerza superior externa a nosotros. A través de la historia, todas las
religiones y filosofías asumían que existe una fuerza más allá del
ámbito físico, típicamente definida como Dios o varios dioses. Eso
incluye a los antiguos habitantes de Mesopotamia, la antigua Grecia,
los nórdicos, los aztecas, los mayas y los de las islas del
Pacífico. Los antiguos sistemas religiosos enseñaban que el mundo
fue creado por Dios o los dioses. Platón, Aristóteles y otros
antiguos filósofos todos asumían que había un dios o una fuerza
superior externa a ellos, y toda discusión espiritual dentro de cada
sociedad se basaba en esa premisa.
Sin
embargo, en 1859, dicho fundamento comenzó a disolverse en el
Occidente. En ese año, Charles Darwin publicó Sobre el Origen de las
Especies y, por primera vez, los científicos
comenzaron a enseñar que no existe un creador ni una fuerza
necesaria externa a nosotros. Como sucede con la mayoría de los
conceptos innovadores, tomó muchos años para que la idea de
evolución sin creación alcanzara aceptación pública. En 1925, la
corte de Tennessee, Estados Unidos permitió que se enseñara la
teoría de la evolución en la escuela pública cuando se ganó el
famoso caso de Scopes. Ya para la década de 1950, la evolución se
enseñaba en todas partes. Actualmente, la vasta mayoría de la
sociedad occidental asume que la evolución sin creación es un hecho
científico, incluyendo muchos en la Iglesia. Irónicamente, la
ciencia ha comenzado a “descubrir” que no puede haber evolución sin
algún tipo de creación. En los círculos científicos, eso se conoce
como “diseño inteligente,” y muchos científicos seculares y
religiosos están ahora defendiendo esa perspectiva. Sin embargo,
Dios, en Su infinita sabiduría, nos ha dado una herramienta con la
cual debatir ese tema en la sociedad post-moderna. Esa herramienta
es la Biblia, y la tesis del debate comienza con el libro de
Génesis.
La
segunda precondición para la fe es aceptar que existe un mal en nosotros que
debemos procurar cambiar. Nuevamente, todas las religiones antiguas, incluyendo
las más paganas, asumían que había algo inherentemente malo en la
condición humana, y que un acercamiento a los dioses podría proveer
la oportunidad para mejorarla. A menudo, la lucha diaria que se
produce al intentar satisfacer nuestras necesidades básicas de
alimento, albergue y seguridad provee irrefutable evidencia de que
tenemos un problema interno, pero la respuesta está fuera de
nuestros propios recursos limitados. Casi por definición, los
ancestros consideraban que la religión era la solución a esos
problemas. Reconocían que el problema no era puramente físico, sino
que alcanzaba el centro mismo del hombre. Los individuos y los
grupos eran incapaces de manejar su conducta para portarse de manera
generalmente reconocida como “buena.” Aún cuando se sentían
satisfechos con su conducta, reconocían que no estaban exentos de
ser afectados por los actos “malvados” de otros.
Por
lo tanto, el hombre se esforzaba por lograr que el Divino Creador
interviniese en su vida y circunstancias para solucionar problemas
que no podía solucionar por cuenta propia. Según el judaísmo y el
cristianismo, esos problemas son a consecuencia del pecado. Al mismo
tiempo en que Darwin comenzó a borrar el concepto del Creador
Supremo, la filosofía hizo lo mismo con el concepto del pecado. En
1872, Friedrich Nietzsche, hijo de un pastor luterano, publicó su
primer libro The Birth of
Tragedy (El Nacimiento de la Tragedia). Allí, Nietzsche
introdujo la idea de que el hombre es responsable por sí mismo, y
que no existe un Dios en lo absoluto. La frase que repitieron sus
seguidores es: “Dios está muerto,” y el movimiento llegó a conocerse
como existencialismo. Al igual que el concepto de la evolución, el
existencialismo comenzó a tener aceptación pública durante la década
de 1950 luego de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, junto
con las enseñanzas de los filósofos franceses Jean-Paul Sartre y
Albert Camus.
Dichos
cambios al paradigma filosófico de la humanidad, combinado con la
prosperidad luego de la guerra, han consolidado la creencia de que
el hombre es básicamente bueno. Las fuerzas que moldean la cultura,
como los libros, la música y las películas, nos han hecho perder el
sentido básico de que debemos cambiar nuestra conducta. Por otro
lado, las sociedades occidentales han alcanzado tanta comodidad y
prosperidad que han adoptado la idea de que si algo se siente bien,
está bien hacerlo. A nadie le interesa hablar acerca de un Creador
que puede cambiar a uno si se siente bien sobre sí mismo y no quiere
cambiar. Las personas han sido engañadas a pensar que tienen el
derecho de hacer lo que les plazca, y carecen de medidas morales
externas. Sin embargo, la Biblia es la mejor medida normativa para
hacer ese contraste. La gran mayoría del texto antiguo
testamentario, o Tanaj,
está repleto de historias sobre personas quienes siguieron la
voluntad de su propio corazón, en contraste con la voluntad de Dios,
su Creador.
Finalmente,
yo propongo una tercera premisa como precondición para la fe
cristiana. Primero, tengo que reconocer que existe un Creador, o Ser
más inteligente y poderoso externo a mí. En segundo lugar, tengo que
admitir que hay algo inherentemente malo conmigo que requiere
cambio. En tercer lugar, necesito creer que esa fuerza creadora puede
intervenir, y ciertamente intervendrá, en mi vida y la de los demás
para lograr ese cambio. En el pasado,
cuando la cultura occidental era mayormente cristiana, abundaban
múltiples ejemplos de la intervención de Dios en nuestros familiares
y conocidos. El dudar que Dios interviniese en beneficio de Su
pueblo era lo menos común, contrario a la costumbre actual. Como la
norma actual es que cualquier verdad es tan válida como la mía, sólo
podemos hacer comparación de las experiencias y creencias
individuales.
Israel, un Poderoso Ejemplo
Por las anteriores razones, opino que el Señor
nos ha dado a Israel como ejemplo histórico de Su intervención, aún
aplicable a esta moderna generación. Y más importante aún, los
periódicos todavía evidencian el cumplimiento de Sus promesas
bíblicas. Las acciones de Dios en el moderno Israel evidencian que
Dios puede intervenir, y ciertamente intervendrá, para hacer cumplir
Sus promesas. Cuando comprendemos y enseñamos sobre el cumplimiento
moderno de la profecía bíblica, podemos penetrar las barreras de la
evolución, el existencialismo y el ateísmo. Podemos declarar: “Dios
está vivo, y hace cosas poderosas hoy día. Si lo puede hacer con
Israel, ¡lo puede hacer también conmigo!”
Ahora,
veamos algunos pasajes bíblicos que podemos utilizar para hablar
acerca de la intervención de Dios en la historia moderna de Israel. “Y he aquí, el SEÑOR estaba
sobre ella [la
escalera que llegaba al cielo], y dijo: Yo soy el SEÑOR, el Dios
de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. La tierra en la que estás
acostado te la daré a ti y a tu descendencia. También tu
descendencia será como el polvo de la tierra, y te extenderás hacia
el occidente y hacia el oriente, hacia el norte y hacia el sur; y en
ti y en tu simiente serán bendecidas todas las familias de la
tierra. He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que
vayas y te haré volver a esta tierra; porque no te dejaré hasta que
haya hecho lo que te he prometido” (Gén.
28:13-15).
En esos versos, Dios repite a Jacob la promesa
que hizo anteriormente a Abraham e Isaac (Génesis 15 y 26), de que
daría la tierra de Canaán a sus descendientes. Esos descendientes
son el pueblo judío. Nunca antes en la historia, un pueblo exiliado
ha regresado luego de 2,000 años de dispersión. Pero eso es
precisamente lo que es el moderno Israel.
En
Isaías leemos: “Entonces
acontecerá en aquel día que el Señor ha de recobrar de nuevo con su
mano, por segunda vez, al remanente de su pueblo que haya quedado de
Asiria, de Egipto, de Patros, de Cus, de Elam, de Sinar, de Hamat y
de las islas del mar. Alzará un estandarte ante las naciones,
reunirá a los desterrados de Israel, y juntará a los dispersos de
Judá de los cuatro confines de la tierra” (Is. 11:11-12). Eso se
evidencia a medida que el remanente de Su pueblo regresa
literalmente desde los cuatro confines de la tierra.
En
Jeremías leemos: “He aquí,
vienen días--declara el SEÑOR-- en que haré con la casa de Israel y
con la casa de Judá un nuevo pacto, no como el pacto que hice con
sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra
de Egipto, mi pacto que ellos rompieron, aunque fui un esposo para
ellos--declara el SEÑOR; porque este es el pacto que haré con la
casa de Israel después de aquellos días--declara el SEÑOR--. Pondré
mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré; y yo
seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y no tendrán que enseñar más
cada uno a su prójimo y cada cual a su hermano, diciendo: "Conoce al
SEÑOR", porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos
hasta el más grande--declara el SEÑOR-- pues perdonaré su maldad, y
no recordaré más su pecado. Así dice el SEÑOR, el que da el sol para
luz del día, y las leyes de la luna y de las estrellas para luz de
la noche, el que agita el mar para que bramen sus olas; el SEÑOR de
los ejércitos es su nombre: Si se apartan estas leyes de mi
presencia--declara el SEÑOR-- también la descendencia de Israel
dejará de ser nación en mi presencia para siempre. Así dice el
SEÑOR: Si los cielos arriba pueden medirse, y explorarse abajo los
cimientos de la tierra, también yo desecharé toda la descendencia de
Israel por todo lo que hicieron--declara el SEÑOR” (Jer.
31:31-37).
En ese verso, leemos sobre las inquebrantables
promesas que Dios hizo a Israel, y en los titulares de los
periódicos vemos el inicio de ese cumplimiento. Cada día, podemos
comparar las noticias con la Biblia. Tristemente, no toda la
profecía se refiere a eventos muy felices. Ezequiel escribió:
“Y
vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:
Hijo de hombre, pon tu rostro
hacia Gog, de la tierra de Magog, príncipe de Ros, Mesec y Tubal, y
profetiza contra él, y di: Así dice el Señor DIOS: 'He aquí estoy
contra ti, oh Gog, príncipe de Ros, Mesec y Tubal. 'Te haré dar
vuelta, pondré garfios en tus quijadas y te sacaré con todo tu
ejército, caballos y jinetes, todos ellos bien equipados; una gran
compañía con pavés y escudo, todos ellos empuñando espada; Persia,
Etiopía y Fut [Libia] con
ellos, todos con escudo y yelmo; Gomer con todas sus tropas,
Bet-togarmá, de las partes remotas del norte, con todas sus tropas;
muchos pueblos están contigo’” (Ezeq.
38:1-6).
Esos, y los próximos versos en Ezequiel 38,
hablan acerca de una gran guerra que se desarrollará en el Medio
Oriente entre Israel y una alianza de naciones, como partes de la
anterior Unión Soviética (Magog y Mesec) e Irán (la antigua Persia).
En los diarios, leemos acerca de alianzas que se van formando entre
Rusia, Belarus e Irán. ¿Podría esa unión ser precursora de la
alianza que luchará en la Guerra de Gog y Magog? Como mínimo, ahora
es el momento para alcanzar a nuestros familiares y amigos con la
relevancia de la Biblia en los momentos actuales.
No
obstante, podemos mirar hacia el futuro con seguridad y esperanza.
Los cristianos podemos aprender mucho acerca de los 39 libros de las
Escrituras que compartimos con los judíos. Miro con esperanza el
cumplimiento de Zacarías 8:20-23: “Así dice el SEÑOR de los
ejércitos: Y será que aun vendrán pueblos y habitantes de muchas
ciudades; y los habitantes de una irán a otra, diciendo: 'Vamos sin
demora a implorar el favor del SEÑOR, y a buscar al SEÑOR de los
ejércitos. Yo también iré.' Y vendrán muchos pueblos y naciones
poderosas a buscar al SEÑOR de los ejércitos en Jerusalén y a
implorar el favor del SEÑOR. Así dice el SEÑOR de los ejércitos: En
aquellos días diez hombres de todas las lenguas de las naciones
asirán el vestido de un judío, diciendo: 'Iremos con vosotros,
porque hemos oído que Dios está con vosotros'" (Zac.
8:20-23).
Quizás
estamos viendo un pequeño anticipo de esa profecía, a medida que
miles de cristianos viajan cada año a Jerusalén y regresan a su
tierra con una mayor comprensión de la Biblia, del Dios de Abraham,
Isaac y Jacob, y de la familia natural de Yeshúa (Jesús) de Nazaret, a
quienes los cristianos llamamos Señor y
Salvador.
Por
Jim Solberg,
Director Nacional de Estados Unidos
(Traducido por Teri S. Riddering,
Coordinadora Puentes para la Paz - Centro de Recursos
Hispanos)
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