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LAS SIETE ESPECIES
“Porque Jehová tu Dios te introduce en la buena
tierra, tierra de arroyos, de aguas, de fuentes y de manantiales,
que brotan en vegas y montes; tierra de trigo y cebada, de vides,
higueras y granados; tierra de olivos, e aceite y de miel; tierra en
la cual no comerás el pan con escasez, ni te faltará nada en
ella...” (Deut. 8:7-9).
Durante
largo tiempo, los productos agrícolas descritos por Moisés como
típicos de la tierra de Canaán han sido símbolo de toda la
abundancia que Dios le prometió al pueblo israelita en su Tierra
Prometida. Los siete productos mencionados llegaron a conocerse
dentro del judaísmo como las Siete Especies y se convirtieron en frecuentes
motivos para la decoración artística, la arquitectura y otros fines
desde los tiempos antiguos hasta nuestros días.
A
menudo el fruto de la tierra se resume en la Biblia simplemente como
“tu grano, tu mosto, tu aceite...” (Deut. 7:13,
11:14, 12:17), pero las Siete Especies representaban literalmente la
dieta básica en toda sociedad agrícola. El pan de trigo y cebada era el sustento
básico; el aceite
proveía la sensación de saciedad, y también era utilizado para
alumbrar las lámparas y aplicar como ungüento medicinal; el vino producía alegría. La
granada producía un jugo
refrescante. El higo y
la miel de dátil eran utilizadas para endulzar la dieta, siendo un
deleite especial en tierra cuyos condimentos principales eran lo
salado, agrio y picante. (Se interpreta que la “miel” de las Siete
Especies venía del dátil, según mencionado en el Talmud de Jerusalén
[Bikkurim 1:3], porque coincide con la secuencia de maduración con
relación a las otras seis especies).
Las Siete Especies se adaptan muy bien a la
topografía y el clima de Israel, y todavía hoy día abundan por todas
partes. Los turistas que visitan la tierra pueden fácilmente
identificar estas plantas bíblicas, las que añaden color y variedad
al paisaje: la gran palma del dátil, las anchas y lobuladas hojas
del higo, y también las pequeñas hojas verdes y flores rojas del
granado. En terraplenes, por las laderas de los montes, se observan
a los olivos de color verde-grisáceo, los cuales producen alimento,
aceite y sombra para hombres y animales, además de madera para
tallar recordatorios de la Tierra Santa. Todavía se cultivan los
granos de trigo y cebada, y se observan viñedos tanto en hogares
como en los campos. Hemos sembrado en el jardín de nuestra oficina
de Puentes para la Paz en Jerusalén cada una de las siete especies
proveyendo un oasis de descanso y belleza en acorde con Deuteronomio
8:7-9.
Aunque
las Siete Especies son bellas, útiles y nutritivas, existen en Israel
otras plantas típicas, tales como el almendro y el algarrobo.
También nos deleitan las rojas anémonas de primavera y los
ciclaminos de invierno, que se asoman entre las piedras del campo.
¿Por qué Dios mencionó específicamente las Siete Especies para
representar la abundancia de la tierra?
La respuesta se encuentra, no en una selección
arbitraria de plantas interesantes, sino en un patrón climatológico
complejo, el que conocía muy bien la antigua comunidad agrícola.
Esta relación entre el viento y el clima se puede hallar a través de
todas las Sagradas Escrituras.
EL HUERTO DE LA AMADA
En el capítulo 4 del libro de Cantar de los Cantares,
Salomón describe detalladamente la belleza de su amada: sus
atributos personales, sus encantos físicos, y sus palabras dulces y
consideradas. La compara con un huerto cerrado, sembrado de todo
tipo de fruta deleitosa y fragante. Aún en la actualidad, Jerusalén
posee muchos jardines que están encerrados por altos muros, y es
siempre un deleite lograr el vistazo de un sombreado jardín lleno de
flores a través de una puerta entreabierta. La esposa de Salomón no
desanimaba los profusos cumplidos ni la afectuosa admiración de su
amado. Al contrario, con modestia y ardiente amor le respondió: “Levántate, Aquilón [viento del
norte], y ven, Austro [viento del sur]; soplad en mi huerto,
despréndanse sus aromas. Venga mi amado a su huerto, y coma de su
dulce fruta” (Cantares 4:16).
Estos versos implican una clara comprensión
acerca de la importancia de los vientos. Se requieren ambos tipos de
vientos para producir fruto abundante en un huerto. El viento del
norte trae lluvia y rocío, mientras que el viento del sur trae
consigo el calor que madura el fruto. Podría poseer todos los otros
elementos necesarios para un buen huerto, como una tierra fértil,
plantas saludables, altos muros para evitar que entre algún
predador, pero si no recibía los variados vientos, el huerto sería
un fracaso.
“LEVÁNTATE, AQUILÓN”
Israel es una
tierra “en la parte central [literalmente, el “ombligo”] de la
tierra” (Ezequiel 38:12). Su sistema climatológico es influenciado
por el clima en Europa, África y Asia. Estos complejos sistemas
crean un ciclo anual que incluye la estación fría y lluviosa, desde
noviembre hasta abril, y la estación seca y cálida, entre mayo y
octubre.
A
medida que cambian las estaciones, cambian también los vientos. Los
vientos se relacionan directamente con la lluvia, o la ausencia de
ella. Proverbios 25:23 dice: “El viento del norte ahuyenta la
lluvia...” (Otros significados del verbo
“ahuyenta" en hebreo describen mejor el concepto por medio de las
palabras “genera”, “crea” o “trae consigo”.)
Los vientos del norte y noroeste, cargados de
humedad, cruzan sobre el estrecho territorio de Israel y traen
consigo valiosas lluvias. Suplen agua para los acuíferos montañosos,
los pozos, los riachuelos y el Mar de Galilea, proveyendo así su
sustento vital tanto a hombres como a animales y aves. Las primeras
lluvias de promesa caen en el otoño, y los últimos aguaceros de
bendición pueden llegar a finales de la primavera (la lluvia
“temprana y tardía”, según Jer. 5:24). Estas lluvias forman parte
integral del ciclo agrícola en Israel. Luego de un largo y seco
verano, las lluvias otoñales ocasionan que las semillas de la hierba
comiencen a germinar. La tierra entonces se cubre de un fresco manto
verde, el cual crece lentamente durante los fríos meses del
invierno. La lluvia tardía, que puede traer tormentas y fuertes
vientos norteños, es propicia para un largo período de crecimiento,
particularmente de la cebada y el trigo. Se requiere que estos
aguaceros lleguen durante ciertos meses críticos, luego de que el
grano se haya comenzado a formar. Si llueve cuando el grano está
demasiado maduro, el peso de la lluvia hará que las espigas se
doblen y se pierda la cosecha.
Vemos
ejemplo de ésto en 1 Samuel 12:17.Israel exigió que Dios le diera un
rey, al igual que las demás naciones. Ésto desagradó a Dios, por lo
que Samuel le dijo al pueblo lo siguiente: “¿No es ahora la siega del
trigo? Yo clamaré a Jehová, y él dará truenos y lluvias, para que
conozcáis y veáis que es grande vuestra maldad que habéis hecho ante
los ojos de Jehová, pidiendo para vosotros rey.” Samuel y el pueblo sabían que la
fuerte lluvia y el viento dañarían la cosecha de trigo y cebada,
dado que ya estaban listos para la siega. El grano caería al suelo y
se pudriría por exceso de humedad y calor.
“VEN, AUSTRO”
La primavera pasa rápidamente en Israel. En cuestión de
pocos días, las lluvias de invierno se detienen, los cielos se
aclaran, y comienza a soplar una cálida brisa desde el sur. Lucas
12:55 dice: “Y cuando
sopla el viento del sur, decís: Hará calor; y lo
hace.”
En el Medio Oriente se puede ver soplar el
viento de manera literal por medio de un polvo característico en el
aire. El viento cálido del sur trae unas nubes de denso polvo,
opacando los aires con un tinte amarillento y misterioso. A veces
esas nubes amarillas pasan bastante elevadas, pero en otras
ocasiones, bajan a tierra, y ocasionan una tormenta de polvo que
dejan todo cubierto con una molesta capa de sucio. Fuertes vientos
hacen que las partículas de tierra penetren estrechas rendijas,
incluyendo los ojos y la boca de toda persona y animal. Tales
tormentas son muy peligrosas para el que conduce en la carretera, y
causan gran sufrimiento a las amas de casa.
En
hebreo, los vientos cálidos se llaman “sharav”, y en árabe, “jamsín”.
Éstos queman rápidamente las plantas y la hierba verde, dejando todo
el paisaje de color marrón durante los próximos meses de verano. Sin
embargo, los vientos del sur son necesarios para que los árboles
frutales y viñedos tengan una adecuada polinización. El olivo, como
también el granado, el dátil y la uva, requieren un período extenso
de calor para completar su proceso de polinización y así producir
abundante fruto durante la cosecha de otoño.
Los israelitas en tiempos bíblicos entendían muy
bien el delicado balance que se requería entre la humedad creada por
los vientos del norte, y el calor que traen los vientos del sur. Si
llega el viento del sur demasiado temprano, no se forman
adecuadamente los granos de cebada y trigo, provocando un fracaso en
la cosecha. Por otro lado, unos vientos norteños muy tardíos podrían
hacer que el polen de las flores se pierda, lo cual reduciría
drásticamente la producción del fruto.
SIETE OPORTUNIDADES
PARA CONFIAR EN
DIOS
Los efectos climatológicos sobre el patrón de la siembra y
la cosecha en Israel tienen un evidente impacto sobre las Siete
Especies. Durante las cinco semanas entre Pésaj y Shavuot
(Pentecostés), cada una de las Siete Especies atraviesan cambios
críticos en su desarrollo. Se asoman los primeros higos, se
comienzan a formar los granos de trigo y cebada, y son polinizadas
las flores del dátil, granado, olivo y la uva. Todos estos cambios
ocurren durante el momento más turbulento e impredecible del clima
en Israel, lo cual podría ocasionar una cosecha desastrosa o una
abundante.
En
Egipto, los israelitas no tenían que depender de la lluvia, ya que
el Río Nilo producía suficiente agua para irrigar las cosechas. Pero
en su nueva tierra de Canaán, los vientos eran cruciales para la
producción agrícola, porque éstos traían la lluvia. “La tierra a la cual entras para
tomarla no es como la tierra de Egipto de donde habéis salido, donde
sembrabas tu semilla, y regabas con tu pie, como huerto de
hortaliza. La tierra a la cual pasáis para tomarla es tierra de
montes y de vegas, que bebe las aguas de la lluvia del cielo...yo
daré la lluvia de vuestra tierra a su tiempo, la temprana y la
tardía; y recogerás tu grano, tu vino y tu aceite. Daré también
hierba en tu campo para tus ganados; y comerás, y te saciarás”
(Deut. 11:10-11, 14-15). La
referencia a “regar el huerto con los pies” tiene que ver con el
método antiguo de irrigar los sembrados a orillas del Río Nilo, lo
cual se acostumbra hacer aún al día de hoy.
Cuando los israelitas escucharon a Moisés,
comprendieron que los métodos agrícolas serían diferentes en la
Tierra Prometida.¿Estarían anhelando en su corazón regresar a la
vida anterior, donde no tendrían que preocuparse por si cayera
suficiente lluvia para cosechar su alimento?¿Estarían deseando poder
cultivar frutas y vegetales que no dependieran de la lluvia? Después
de todo, Dios dijo que era una tierra de leche y miel (Éx.15:5;
Ezeq. 20:6). Pero esa abundancia no les llegaría de manera tan
fácil.
Cuando Dios le enseñó la tierra por primera vez
al pueblo de Israel, le dijo algo que modernamente hemos
interpretado de manera equivocada por no entender sus patrones
climatológicos. Interpretamos el pasaje de Deuteronomio 11 de la
siguiente manera: “Yo les doy esta maravillosa tierra llena de una
variedad de frutas para todas sus necesidades. Entren y
disfrútenlas.”
Sin embargo, lo que Dios realmente dijo fue: “Yo
les doy una tierra que producirá granos, árboles y plantas, pero
éstas requieren de lluvia a su tiempo y en la cantidad precisa. Es
una tierra irrigada, no por canales de irrigación como las que
conocían en Egipto, sino por las lluvias del cielo que Yo les
enviaré. Su sobre vivencia en esta tierra depende totalmente de
Mí.”
Es
probable que esas palabras hayan infundido temor en los corazones de
los israelitas. El Dios del universo retaba a Su pueblo para que
entrara a un mayor grado de dependencia como nunca antes había
experimentado. Las Siete Especies no eran una simple lista de
comestibles que Dios les prometía dar, sino que representaban un
reto para que dependieran totalmente de Él. Año tras año, les
ofrecería siete oportunidades para confiar en Él a través de la
cosecha de las Siete Especies. ¿Obedecerían a Dios, confiando en Él
para que les envíe los vientos del norte y del sur en su tiempo
apropiado?¿O se apartarían tras el dios cananeo de la tormenta,
Ba'al, y la diosa de la fertilidad, Astarte? Tristemente,
algunas veces los israelitas dejaron de confiar en Dios. Pero
siempre hubo un remanente que permaneció fiel a Dios, quienes
aceptaron el reto de las Siete Especies. Obedecieron a Dios, y
confiaron que Dios les iba a proveer.
LO MEJOR
DEL
HOMBRE NO
ES LO MEJOR DE DIOS
Es interesante notar que cuando Jacob, 400 años
antes, seleccionó “lo mejor de la tierra” para enviar un regalo al
faraón de Egipto (Gén. 43:11), sólo uno de los regalos era de las
Siete Especies. Esas especies dependen de la lluvia, y la tierra de
Canaán atravesaba en esos momentos por una severa sequía. Todas las
cosechas habían fracasado. Sin embargo, los regalos que envió Jacob
al faraón incluían almendras y nueces, las cuales florecen temprano
en la primavera y requieren poca lluvia, además de resinas de
árboles y arbustos. Esos regalos eran evidencia de una tierra
privada de toda cosecha doméstica, y obligada a producir sólo lo que
pudiera sobrevivir la sequía.
Lo único que envió Jacob que pertenecía a las
Siete Especies fue la miel. Algunos eruditos bíblicos opinan que esa
miel era realmente miel de abejas, la cual podría ser elaborada
utilizando polen de flores silvestres que aún florecen en medio de
sequías extremas, o quizás de dátiles que habían conservado, a duras
penas, de las cosechas anteriores.
Jacob ciertamente envió lo mejor que tenía. Pero
Dios tenía otro concepto de “lo mejor”. Su definición de “lo mejor”
es algo que se obtiene, no por la seguridad y confianza en uno
mismo, sino por la obediencia y confianza en Él.
PRODUCIENDO FRUTO EN TIEMPOS
DIFÍCILES
A menudo pensamos
que si las circunstancias fueran más fáciles, podríamos ser más
fructíferos para el Señor. Decimos: “Si tuviera más tiempo, o más
dinero, o si las tormentas bajaran, o si este desierto terminara,
sería más productivo para Dios.” Pero producir fruto para Dios no se
logra cuando la vida es fácil, cuando le podemos servir con nuestra
propia fuerza y nuestros propios recursos. Así como las Siete
Especies el fruto más dulce se produce durante los tiempos más
tormentosos de la vida.
Los
distintos vientos son necesarios para producir diferentes frutos.
Necesitamos vientos cálidos, y largos días de aparente sequía,
mientras nos preparamos para una buena cosecha. También necesitamos
las heladas tormentas de invierno que traen consigo fuertes lluvias,
para que nuestras raíces crezcan de manera profunda, y nuestras
vidas sean enriquecidas y llenas del fruto del Espíritu Santo.
Gálatas 5:22 dice: “Mas el
fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad,
bondad, fe, mansedumbre, templanza...”
Pablo
oró para que los colosenses pudieran andar “como es digno del Señor,
agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo
en el conocimiento de Dios” (Col.1:10). Santiago dijo: “...Mirad cómo el labrador
espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia
hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Tened también
vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida
del Señor se acerca” (Sant.5:7-8).
No existimos simplemente para resolver los
problemas del diario vivir, aplazando nuestro servicio al Señor sólo
para cuando tengamos el tiempo, la energía o las finanzas. Cada
reto, problema o prueba nos ofrece una oportunidad para confiar en
Dios dentro de ese preciso momento. Así como los israelitas
dependían de Dios para que pudieran cosechar las Siete Especies
debemos poner nuestra confianza en Él para que podamos producir
fruto.
El Dios de Abraham, Isaac y Jacob siempre fue
fiel para suplir las necesidades de los israelitas cuando los
introdujo a la Tierra Prometida. Las Siete Especies proveyeron
anualmente siete oportunidades para que pusieran su confianza en
Dios, y Él no les falló. Nuevamente hoy día, Dios provee a Su pueblo
judío en la tierra de sus antepasados. Los ha traído de regreso,
está restaurando Su Pueblo en la tierra, y restaura la tierra en
servicio a Su pueblo.
Durante
estos tiempos tormentosos, a medida que confiemos en Él, también
veremos Su fidelidad hacia nosotros. Dios es Señor de los vientos
del norte y del sur, de las tormentas y de los días soleados. Permitamos que Dios
envíe el soplo de Sus vientos en nuestras vidas, para que podamos
producir todo el fruto del Espíritu para Él.
(Traducido por Teri S. Riddering)
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