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JOSÉ Un
Hombre Judío del Primer Siglo – Parte 1
Muchos de los
personajes mencionados en la Biblia están envueltos en un velo de
misterio. Aunque reconocemos que Dios los incluyó allí con cierto
propósito específico, a menudo nuestro conocimiento de ellos es muy
limitado. José, el padrastro de Yeshúa (Jesús) es
ciertamente uno de esos individuos. Cuando hicimos una búsqueda
sobre su persona, lo que encontramos fue muy escaso, y la frase más
común que aparecía era que “se conoce muy poco acerca de él.” Sin
embargo, es posible conocer bastante acerca de José…si sólo sabemos
dónde y cómo buscarlo.
En
este estudio de dos partes, indagaremos en las Escrituras, y también
en la historia y tradición judía, para ver su vida a distintos
niveles. En Parte 1, lo examinaremos como hombre y esposo del primer
siglo. En la Parte 2, discutiremos su papel como padre. Veremos que
José surgirá de las sombras como un hombre real y vibrante, un
ejemplo para cada uno de nosotros.
La
genealogía de Mateo 1:1-16 es un buen sitio donde comenzar. Allí,
José es presentado claramente como un verdadero israelita,
descendiente no tan sólo de Abraham, sino del propio Rey David. Si
miramos el resto de su historia, vemos que era un hombre justo y
recto; Dios le hablaba en sueños; escuchaba la voz de Dios y le
obedecía; y tomaba medidas extremas para proteger a su esposa e
hijo. Si combinamos todo eso con lo que sabemos acerca de Israel del
primer siglo y del pueblo judío que vivía allí, podríamos conocer
bastante bien a José.
Guiado
por la Torá
Repetidamente,
a lo largo de la vida de José, vemos indicaciones sobre su sentido
de responsabilidad hacia los mandamientos de Dios. Estaba
comprometido con Miriam (María) en matrimonio. Esta tradición judía
requería cierto período de tiempo (a menudo un año) entre el
establecimiento del pacto matrimonial y la consumación del
matrimonio. Durante ese tiempo, las tradiciones culturales y
religiosas protegían la santidad de la relación y la pureza de los
individuos. A diferencia de las parejas que se comprometen hoy día,
en ese tiempo era tan serio que sólo se podía romper por medio de
una carta de divorcio. Fue durante ese tiempo que Miriam salió
embarazada, y José quedó totalmente destruido. La Torá (Génesis a
Deuteronomio) le indicaba que tenía que romper su relación por su
aparente infidelidad, y la tradición le permitía avergonzarla
públicamente. Pero debido a su corazón justo y misericordioso,
decidió hacerlo en una ceremonia privada ante solamente dos
testigos. A pesar de la situación tan dolorosa, su sujeción a la Torá tomaba precedente en su
vida. Claro está, las Escrituras nos dicen que Dios intervino y puso
Su sello de aprobación sobre dicha unión.
Podemos ver en
José esa misma dedicación a su religión judía cuando lo analizamos
como esposo y padre. El libro de Lucas nos dice que Yeshúa fue circuncidado y
recibió su nombre al octavo día, y a los 40 días se encontraba con
sus padres en Jerusalén durante la ceremonia de purificación de
Miriam, cuando fue presentado ante el Señor en el Templo (Lucas
2:21-24). Lucas también nos informa que José y su familia viajaba
cada año a Jerusalén durante la fiesta de la Pascua (v. 41), una de
las tres principales fiestas de subida a Jerusalén descritas en el
libro de Levítico. Todas ellas son prácticas importantes ordenadas
en la Torá y centrales al
judaísmo del primer siglo. Claramente, la sujeción de José hacia la
fe de sus padres era sólida, y dirigía no sólo su propia vida, sino
también la de su esposa y sus hijos.
Igualmente
importante era el hecho de que José era capaz de escuchar la voz
audible de Dios. Su relación con el Señor era obviamente profunda y
ferviente; cuando Dios hablaba, José escuchaba…y obedecía. Eso
sucedió claramente en tres momentos críticos:
*
Cuando José contemplaba divorciarse de Miriam, Dios le dijo que su
embarazo era como resultado directo de Su intervención, y que
debería cumplir con su pacto matrimonial (Mat.
1:18-20).
*
Cuando el recién nacido se vio amenazado a muerte, Dios le dijo que
tomara a su familia y huyera a Egipto (Mat.
2:13).
*
Cuando el tiempo del peligro había terminado, Dios le reveló que
podía regresar a Israel (Mat. 2:19-20).
En
cada una de esas graves situaciones, José tuvo que tomar una
decisión difícil. Cada vez, Dios le habló en sueños y su reacción
fue una de confianza, fe y sumisión. Su obediencia fue inmediata y
total, respuesta esperada de una persona acostumbrada a recibir
instrucciones del Dios de Abraham, Isaac y
Jacob.
El
Hombre Judío del Primer
Siglo
José
fue más que una mera figura secundaria en esta importante historia.
Fue expresamente escogido por el Señor de los Ejércitos para cumplir
ese papel tan crucial, según las experiencias y el entrenamiento de
su vida. Era un hombre israelita de sus tiempos. Fue educado,
fortalecido, moldeado y formado por la cultura y el judaísmo del
primer siglo. Aunque las Escrituras no lo mencionan, ciertamente
tenía una familia, algunos de los cuales vivirían y compartirían
algún tipo de relación con la nueva esposa e hijo de José. Su padre,
abuelo de Yeshúa, se
llamaba Jacob (Mat. 1:16).
Cuando José era niño, Jacob era responsable por su
educación. Le debió haber enseñado la Torá, el alef-bet (abecedario
hebreo), y le ayudaría a memorizar algunos versos iniciales. Podemos
asumir con seguridad que Jacob era un artesano diestro, un albañil o
carpintero, porque entrenaría a José en esas mismas destrezas. Jacob
fue muy influyente en la formación de su perspectiva del mundo,
fundando su carácter sobre las bases del monoteísmo y teocentrismo.
Por medio de él, José aprendió los principios fundamentales de una
verdadera relación con Dios. Jacob debió haber enseñado a su hijo
José, y quizás a su nieto Yeshúa, sobre cómo ver el
mundo a través de ojos judíos.
Esos
ojos percibían al mundo creado por Dios con una buena disposición
hacia la humanidad; una humanidad en pecado, pero todavía creación
de Dios. Ellos veían al mundo como algo lleno de belleza, amor y
placeres sencillos. Por medio de esos ojos, el mundo era un lugar
donde se podría experimentar compañerismo, amor y salvación, y el
ser humano podría disfrutar una vibrante e intensa relación con
Dios. En ese mundo físico, José fue llamado a servir a Dios con
pasión y entrega. Él conocía el libro de Génesis cuando Dios miró su
creación y dijo: “Y era bueno en gran manera.” Por esa razón, José
reconocía su responsabilidad personal de cuidar y disfrutar el
mundo. Conocería la instrucción del Talmud (comentario rabínico
sobre la tradición judía y las Escrituras hebreas) que dice: “El que
disfruta la vida hace la voluntad de Dios.” Sabría que sería una
afrenta al Creador si no disfrutaba ese regalo de la
creación.
¿Eso
significa que José y sus hermanos judíos del primer siglo eran
hedonistas, en búsqueda alocada de placeres humanos? La verdad era
todo lo opuesto. “No hay nada
mejor para el hombre que comer y beber y decirse que su trabajo es
bueno. Yo he visto que también esto es de la mano de Dios” (Ecl.
2:24). Versos como ese claramente declaran que el disfrute del
presente viene por mano del amoroso Creador, cuyos regalos deben ser
tomados con gratitud, apreciación y asombro. El Talmud de Jerusalén dice:
“En la vida venidera, cada persona rendirá cuenta—¿de qué?—de toda
cosa buena que pudo haber disfrutado y no lo hizo.” Por lo tanto,
los rabinos decían que no disfrutar cada placer legítimo provisto
por Dios era expresión de ingratitud presuntuosa. Como miembro de
esa dinámica comunidad judía del primer siglo, José abrazaría todo
lo que la vida le ofrecía como regalo de Su divino Creador con
alegría y gratitud.
Otra
creencia del primer siglo que afectaría el modo de pensar de José
era que cada bendición trae consigo una responsabilidad. No sólo
habrá creído que tenía que disfrutar el mundo, sino que también
tenía la obligación de cuidarlo. En el judaísmo de hoy, el concepto
se llama tikun olam—santificar o
perfeccionar al mundo. José debió haber trabajado para que su
contribución a la comunidad tuviese un impacto duradero y positivo.
Era su responsabilidad y oportunidad de bendecir al Creador. Como
padre, José debió ser para Yeshúa un ejemplo vivo según
las instrucciones de Pablo a los corintios: “Entonces, ya sea que coman, que
beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria
de Dios” (1 Cor. 10:31).
El
Auto-Imagen de José
Pensando
desde una perspectiva hebraica, José no vería su existencia
segmentada, como lo hacemos la mayoría de los pensadores
occidentales. Tendemos a separar lo espiritual de lo temporal, lo
religioso de lo secular, el cuerpo del alma y del espíritu. José no
pensaba así. Él consideraba que su vida, su relación con Dios, su
familia, su comunidad, su espíritu, su alma y su cuerpo estaban
todos unidos e inseparables. El Dr. Marvin Wilson denomina esa
unidad hebrea de la existencia como una “unidad dinámica.” Según el
Dr. Wilson, el judío del primer siglo no tenía un alma, sino era un
alma.
Responsabilidad
Matrimonial
En el mundo de José, el
matrimonio era percibido como una responsabilidad religiosa basada
en el primer mandamiento de Génesis 1:28: “Sean fecundos y
multiplíquense.” El Talmud enseña que la persona no casada vive
sin gozo, sin bendición y sin bienestar. Un hombre no casado, según
los sabios, no es un hombre en el sentido más pleno, porque está
escrito, “Hombre y mujer los
creó, y los bendijo, y llamó su nombre hombre.” Hasta el día de
hoy, el judaísmo enseña que una revelación completa de Dios sólo
ocurre cuando los atributos de Dios encontrados en el hombre se unen
con los atributos de Dios en la mujer. El propósito del matrimonio,
por lo tanto, siempre ha sido el presentar un cuadro completo de
Dios al mundo.
A
través de los siglos, muchos han enseñado que el propósito de Dios
para la relación matrimonial era la procreación, y sólo la
procreación. Creían que papel primordial del hombre y la mujer en el
plan de Dios era poblar la tierra para que fuese dominada por
humanos. El concepto de que un verdadero y puro amor pudiera existir
entre el hombre y la mujer fue sustituido por un concepto
utilitario, a veces autoritario, con poco espacio para una profunda
y feliz relación, según la intención de Dios. Esa desafortunada
perspectiva nació del pensamiento griego donde el cuerpo era
inferior al alma y fuente de todo pecado; donde el placer sexual es
pecaminoso; y donde Dios diseñó el matrimonio como una cuestionable
relación física cuyo valor sólo era el reproductivo. El concepto de
una unidad dinámica y belleza del diseño divino para el matrimonio
se habían perdido.
Ciertamente,
la procreación es un aspecto importante en la relación matrimonial,
pero obviamente los propósitos de Dios van más allá de una simple
propagación de la especie. La Torá anticipó que la
intimidad marital pudiese traer gran placer y felicidad al
matrimonio, y el judaísmo ponía toda la responsabilidad del placer
sexual de la esposa sobre el marido. Si él no atendía a esa
responsabilidad según el gusto de la esposa, ella tenía derecho de
procurar la ayuda del rabino para tratar este asunto con su esposo.
El lugar de las relaciones maritales era tan importante que un
hombre recién casado no podía ser reclutado por el ejército durante
un año luego de haberse casado (Deut. 24:5). Claramente, la
intención era desarrollar un vínculo fuerte y saludable entre dos
personas que se habían comprometido el uno con el otro y con Dios,
de esa manera revelar el carácter divino. Para José, la ecuación era
sencilla: él + Miriam + los niños = un cuadro completo de la
naturaleza de Dios y Su trato con Sus hijos.
¿Y
Qué del Amor?
El amor es probablemente una de las
palabras más usadas y menos comprendidas en nuestro lenguaje. En
nuestro mundo comercial y de entretenimiento, la palabra es sinónima
con promiscuidad sexual. Aún los niños en kindergarten hablan acerca
de enamorarse con sus compañeras. Muchos libros se han escrito sobre
cuándo una pareja puede comenzar a usar esa palabra emotiva sin
ahuyentar al potencial compañero. Dondequiera que uno mira, el amor
se usa para vender algún producto, pero no es muy probable que José
la haya usado para expresar la profundidad de su emoción y
compromiso.
En
el mundo de José, no existía el concepto de enamorarse, o dejar de
estar enamorado, de la persona que fuera su esposa. Su matrimonio
con Miriam probablemente fue arreglado por sus padres. A veces esos
acuerdos matrimoniales se hacían entre familias aún antes de que los
niños nacieran. Pero en el judaísmo, ese matrimonio no siempre era
obligatorio, porque la mujer podía rehusar casarse si no estuviese
de acuerdo. Sin embargo, si las familias vivían lejos una de la
otra, el novio y la novia a veces se conocían por primera vez sólo
cuando se reunían para la boda. Por eso, con el paso de los siglos,
muchos eruditos han equivocadamente creído que el antiguo matrimonio
hebreo era igual que el griego: traumático y sin amor, dominado por
hombres autoritarios que veían a sus esposas sólo como un medio
necesario para producir hijos.
Pero sabemos que ese no era el caso con
José. Si el propósito del matrimonio era reflejar el carácter de
Dios, también tendría que consistir de la misma fidelidad,
generosidad y amor que define a Dios. Ese era el ideal hebraico. No
era impulsado por la lujuria, el capricho o el cinismo que
caracteriza las relaciones actualmente. Entrega era el asunto
central. Ambos José y Miriam entraron al matrimonio con total
compromiso con el Señor y con su pareja. Ellos comprendían que el
matrimonio era primero, y luego el amor—un amor más profundo que una
sensación de cariño, pero una decisión y promesa que produciría un
vínculo emocional, incluyendo amor romántico y afecto
profundo.
Ambas
personas que funcionaron como padres de Yeshúa sabían que su
matrimonio era un pacto, algo que no podían romper. Sabían que
requería dedicación, esfuerzo y energía para que su matrimonio
funcionara. Las figuras ejemplares en su cultura les enseñaron que
existe muy poco en este universo mayor que el gozo experimentado por
un esposo y una esposa, a medida que construyen su vida en
conjunto.
El
éxito de la familia era de tanta importancia en la historia judía
que los sabios dedicaron gran atención a ello. Reunieron una enorme
colección de enseñanzas bajo el tema titulado “Shalom Beit” (o “Paz en el
Hogar”). Allí se enseña a los maridos para que sean buenos y
generosos con sus esposas. El Talmud enseña que la
ausencia de amor entre los padres tiene un efecto negativo sobre los
hijos. Incluso, enaltece a los hombres que aman a sus esposas más
que a sí mismos, y enseña que un buen marido está dispuesto a dejar
de comprar ropa nueva para sí con tal de comprarle ropa atractiva a
su esposa. Un esposo de gran estatura debería doblarse para escuchar
los susurros de su esposa, y los rabinos enseñaban a los hombres que
“todas las cosas pueden ser cambiadas excepto la mujer de su
juventud.” El principio de Shalom Beit exige que nunca
se debe alzar la voz en el hogar, y la evidencia de haber cumplido
el mandamiento de amar al prójimo era cuando la pareja se sentía
amada.
Un
Rompecabezas, Tres
Piezas
Otro concepto judío
relacionado al matrimonio con raíces en el antiguo mundo era el
concepto de la “pareja del alma.” En años posteriores, los rabinos
lo describieron en yiddish (idioma combinado de alemán y hebreo)
como bashert, o “pareja
ideal.” Aunque los padres arreglaban el matrimonio de los hijos,
Dios era el casamentero. Él era quien realmente determinaba la
pareja de cada cual. De hecho, Él crea hombres y mujeres como las
piezas de un rompecabezas, diseñadas para corresponderse uno al
otro. La perfecta relación matrimonial, en este paradigma, consiste
de dos personas que han sido diseñadas de manera especial para estar
juntas…con Dios como la pieza del centro, uniendo las otras dos
piezas.
Este
concepto no garantizaba una relación libre de dificultades. Al
contrario, cada uno se esforzaba con mayor ahínco para desarrollar
una relación fuerte y feliz. Si Dios estaba en el medio, el fracaso
no era una opción. Los sabios decían que si un hombre soltero
encomendaba sus caminos al Señor, Dios lo dirigía a su pareja ideal
para quien fue creado. Los divorcios sólo resultan cuando se entra
en matrimonio de manera muy apresurada, sin haber esperado
pacientemente para que el Santo le revele su bashert. Aunque José no
hubiera conocida esa palabra en yiddish, de seguro que conocería el
concepto.
Sin
dudas, Jacob, el padre de José le diría: “Un hombre debe tener mucho
cuidado en honrar a su mujer, porque no hay bendición en la casa
excepto por cuenta de ella.” Miriam debió haber aprendido de su
madre que la relación a la que entraba se debería fundar en el
compañerismo y el respecto. Debió comprender lo que se denomina como
“ayuda idónea” en Génesis 2:18, que realmente significa “fuerza
correspondiente,” y reconocería su responsabilidad como compañera en
igualdad de términos con José, pero cada cual con papeles
críticamente importantes y distintos para la formación de una santa
unión.
Tal
concepto de amor y respeto mutuo se encuentra no sólo en la Biblia,
sino también en el Talmud, donde dice: “Entre
aquellos cuya vida no es vida está el hombre que es gobernado por su
esposa.” Claramente, el compañerismo, la admiración mutua y los
valores compartidos, junto con Dios y Su Torá, son el fundamento
sobre el cual debe edificarse un fuerte y saludable matrimonio. José
reconocería a Miriam como su bashert—una persona con
dignidad, su par, su compañera en todos los aspectos—y aceptaría su
rol como proveedor, habiendo prometido sostenerla y darle
alegría.
Dios
escogió a José y a Miriam con la increíble tarea de amar y criar a
Yeshúa desde su
nacimiento hasta su adultez, y tendrían que tener una relación
fuerte y unida entre sí, basada en el amor y respeto mutuo y una
entrega total a Dios. Seguramente ambos tenían que proceder de
familias de buena educación. Aunque las Escrituras ofrecen más
información sobre Miriam que José, la responsabilidad de proveer,
amar y proteger a su esposa y a su extraordinario Hijo descansaba
sobre los hombros de José. Él fue el hombre escogido por Dios para
ser padre temporero en Su lugar. Tenía que ser un hombre que pudiera
cumplir con esa tarea. Actualmente, el matrimonio carece de entrega
y compromiso, confundiendo el amor con el acto sexual, y sobre el
60% de los niños es afectado por el divorcio. Sin embargo, la
sujeción de José al Dios de sus padres sobresale como un hombre
digno de ser imitado.
Por
Rev. Cheryl Hauer
Directora
de Desarrollo Internacional
(Traducido por Teri S. Riddering, Coordinadora PPP Centro de
Recursos Hispanos)
Las citas bíblicas son tomadas de Nueva Biblia de los
Hispanos®
Copyright
(c) 2005 by The Lockman Foundation
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